maldita empatía

“Déjame morir un poco este invierno, le dijo el árbol a la tierra. Sólo un poco. Déjame que me despoje de mi belleza. Que el sol no juegue a crear reflejos verdes, ni el viento revolotee entre las hojas. Que la lluvia resbale sin encontrar asideros y que la nieve golpee mi tronco desabrigado. Desnudo quiero saludar al frío, a las mañanas blancas, a las noches de viento helado. Hacerme invisible. Apenas un recuerdo de lo que fui. Un esqueleto con el alma dormida.

Déjame morir un poco. Así, sin galas ni adornos, sin sonidos ni sombras, necesito recordar lo que soy. Hincar bien fuerte mis raíces en ti y sentir tu latido. Alimentarme de tu silencio sincero. Beber tu oscuridad. Por un tiempo, los pájaros no se posarán sobre mí. Ni habrá hamacas prendidas de mis ramas. Nadie buscará en mi cobijo ni amparo. Ni mirarán al cielo a través de un laberinto verde. Mi tronco áspero será mi único rostro. No habrá sonrisas. Sólo las arrugas acumuladas de una vida. Quiero sentirlas. Recordar todos los momentos en los que se formaron. Desprenderme de los rincones podridos de mi corteza. Hacer recuento de heridas y regalarles tiempo para sanar. No hay prisa.

Son los días de sueño. Hasta la ilusión se serena y se mece en una siesta sin horas. Las fuerzas se guardan. Y los deseos anidan bajo tierra. Sólo las raíces saben que existen. Ellas lo saben todo. Hasta lo que no se ve. Hasta lo que no se sabe ni se siente. Ellas son las únicas que conocen todos los caminos.

Este invierno, déjame morir un poco. Sólo un poco. Lo justo para renacer”

(Emma Riverola. El árbol)

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soledad

Estaba de pie apoyada en la pared con la cara a un palmo del ventanal. Un café calentaba sus manos mientras veía caer lenta la lluvia. Seguía el camino que hacían las gotas en el cristal. Por mucho que lucharan, al final todas caían perdidas en un charco de barro.

La sensación de soledad era tan densa que le producía dolor físico. Cuando no pudo soportarlo más salió. Anduvo sin rumbo por callejuelas encharcadas y parques desiertos. Oyó ladrar a un perro y vio un periódico escondido bajo el brazo de alguien.

La lluvia de la calle se mezclaba con su propia lluvia. No sabía dónde, pero en alguna esquina de su cuerpo encontraría algo de fuerza para, como hámster en su rueda, recomponer su castillo de naipes.

(Susana Vegas. Soledad)

confuso tartamudeo

“Estoy separado de mis propios pensamientos por un muro, atrapado en una tierra de nadie entre el sentimiento y su articulación, y por mucho que trate de expresarme, raras veces logro algo más que un confuso tartamudeo.”

(Paul Auster. Leviatán)

¿dónde estás?

No te encuentro.
Caminabas junto a mí.
Notaba tu hombro rozando a veces el mío, acompasándote a mi ritmo.
Pero al alargar mi mano no encontré la tuya.
Miré a mi lado y no estabas.
No sé en qué esquina te separaste de mi.
No sé cuándo nuestros pasos dejaron de avanzar juntos.
¿Dónde estás?

(Susana Vegas. ¿Dónde estás?)