Madrid

Inés salió de casa pronto. Llevaba una falda verde, una camiseta blanca y un bolso de tela grande, de esos que cogen la forma de lo que llevan dentro. El libro que metió en él chocaba con su cuaderno, y con un par de pilots negros que andaban desperdigados por el fondo. La cinta en el pelo le daba ese aire hippy con el que se sentía tan cómoda. Estaba feliz, y se notaba. Cruzó un par de sonrisas con un chiquillo que le dio propaganda de una tienda de discos y con una mujer que le preguntó cómo llegar a la calle Arenal. A Inés le gustaban esos días de fiesta entre semana, esos días que no eran de nadie en los que las calles tienen otro color.

Se sentó en una terraza y pidió un café, le gustaba sentir el sol en las mañanas limpias que te regala Madrid. Y allí sentada, con el café entre sus manos y concentrada en su aroma, le vio. Al principio no le dio importancia, parecía un anciano como tantos otros, de esos que te encuentras en las mañanas soleadas paseando por el centro. Iba con un periódico bajo el brazo, bien vestido, y andaba tranquilo. Se acercó sin prisa a la terraza de Inés y pidió un vino. A ella le gustó la placidez que desprendían sus maneras. Disfrutaba de su vino y de la charla con el camarero. Su risa era franca, de las que reconforta oir. Sorprendió a Inés mirándole y elevó su copa a modo de saludo. Ella le devolvió una sonrisa.

Volvió Inés a su cuaderno y el anciano a su vino, mientras una brisa fresca y limpia jugaba con las sillas y Madrid seguía ofreciendo vida.

(Susana Vegas. Madrid)

el río

Un pez se acerca. Qué valiente. Caza una mosquita de agua. Otras dos se quedan quietas. Parece que esperan a que vuelva el pez. Una hormiga se ha subido a mi rodilla. Hace cosquillas cuando da la vuelta. Me tumbo. Huele a hierba cortada. Han debido pastar vacas por aquí. Suena un cencerro.

El sol está alto todavía. Espero a tener más calor y me meto en el agua. Está fresca. Justo como me gusta. Al meterme asusto a las mosquitas. El pez tendrá que buscar otra cena. Suena todo distinto debajo del agua. Nadar me da hambre. Me seco al sol. Oigo los cencerros más cerca. Las vacas bajarán a beber antes de que anochezca.

Me visto para irme. Pero me quedo un rato más mirando al río. Ahí está el pez de nuevo. Ha cogido una arañita. Ya tiene cena. Yo voy a por la mía.

(Susana Vegas. El río)

aficionados

“¿Profesionales de la experiencia? Han arrastrado su vida en el embotamiento y la soñera, se han casado precipitadamente, por impaciencia, y han tenido hijos al azar. Han visto a los demás hombres en los cafés, en las bodas, en los entierros. De vez en cuando, presos en un remolino, se han debatido sin comprender qué les sucedía. Todo lo que pasaba a su alrededor empezó y concluyó fuera de su vista; largas formas oscuras, acontecimientos que venían de lejos los rozaron rápidamente, y cuando quisieron mirar, todo había terminado ya.

Y a los cuarenta años bautizan su pequeñas obstinaciones y algunos proverbios con el nombre de experiencia; comienzan a actuar como distribuidores automáticos: dos céntimos en la hendidura de la izquierda y salen anécdotas envueltas en papel plateado; dos céntimos en la hendidura de la derecha y se obtienen preciosos consejos que se pegan a los dientes como caramelos blandos.

Pero también hay aficionados. Son los secretarios, los empleados, los comerciantes, los que escuchan a los demás en el café; al acercarse a los cuarenta se sienten henchidos de una experiencia que no pueden verter fuera. Afortunadamente han tenido hijos y los obligan a consumirla. Quisieran hacernos creer que su pasado no está perdido, que sus recuerdos se han condensado y convertido delicadamente en Sabiduría. ¡Cómodo pasado! Pasado de bolsillo, librito dorado lleno de bellas máximas. ‘Créame, le hablo por experiencia; todo lo que sé me lo ha enseñado la vida’. ¿Se habrá encargado la Vida de pensar en ellos?”

(Jean-Paul Sartre. La náusea)