como una pequeña brecha

“Shimamoto no apareció. Cada noche me pasaba las horas sentado en la barra del Robin’s Nest. Leía y, de vez en cuando, echaba un vistazo hacia la puerta. Pero ella no aparecía.

Me empezó a preocupar la idea de haber dicho algo inconveniente. De haberla herido hablando más de la cuenta. Me repetí una vez tras otra las palabras que había pronunciado aquella noche, recordé las suyas. No encontré nada que me llamara la atención. Tal vez la había decepcionado. Quizá no había logrado descubrir en mi interior nada que valiera la pena.

Me había dicho que yo era su único amigo. Me había dicho que era el único amigo que había tenido en su vida. Y, al oírlo, me había sentido feliz. Había creído que podríamos ser amigos. Tenía tantas cosas que decirle. Quería pedirle su opinión acerca de todo. No importaba que no quisiera contarme nada sobre sí misma. Me bastaba con verla y hablar con ella.

Pero no volvió. Tal vez estuviera tan ocupada que no podía venir a verme. Pero tres meses eran mucho tiempo. Incluso suponiendo que le fuera imposible venir, podía telefonearme. “¡Vamos, que me ha olvidado!”, pensé. “Al fin y al cabo, no debía de importarle tanto”. Esos pensamientos me hacían daño. Sentía como si me hubiera abierto una pequeña brecha en el corazón.

Ella no debería haber hablado de aquella forma. Hay palabras que quedan para siempre en el corazón de las personas.”

(Haruki Murakami. Al sur de la frontera, al oeste del Sol)

viñetas  5-11

<Álvaro está de pie, esperando. Aparece Sergio con el manuscrito en la mano>

SERGIO: “Toma. Lee”

<Se enfoca la cara de Álvaro. Nervioso. Cuando termina de leerlo se queda muy quieto>

SERGIO: “¿Lo has notado?”

ÁLVARO: “Sí. Hay alguien dentro del manuscrito”

(Susana Vegas. Borrador comic)

otras temperaturas

“Es algo hermoso esto de la autosatisfacción, la falta de preocupaciones, estos días llevaderos, a ras de tierra, en los que no se atreven a gritar ni el dolor ni el placer, donde todo no hace sino susurrar y andar de puntillas. Ahora bien, conmigo se da el caso, por desgracia, de que yo no soporto con facilidad precisamente esta semisatisfacción, que al poco tiempo me resulta intolerablemente odiosa y repugnante, y tengo que refugiarme desesperado en otras temperaturas, a ser posible por la senda de los placeres y también por necesidad por el camino de los dolores.

Cuando he estado una temporada sin placer y sin dolor y he respirado la tibia e insípida soportabilidad de los llamados días buenos, entonces se llena mi alma infantil de un sentimiento tan doloroso y de miseria que al dormecino dios de la semisatisfacción le tiraría a la cara satisfecha la mohosa lira de la gratitud, y más me gusta sentir dentro de mí arder un dolor verdadero y endemoniado que esta confortable temperatura de estufa.”

(Hermann Hesse. Anotaciones de Harry Haller)