huellas

“Me gustaría estar despierto
como un péndulo
ir y venir de este a oeste
y viceversa
con los ojos abiertos
vigilantes
del tiempo que se fuga
pero está condenado
a regresar

me gustaría andar un poco
ciegamente
para que cada paso fuera
mi secreto
y mi palabra en celo
fuera un surco
con huellas
en el barro”

(Mario Benedetti. Surco)

el armario

-Te veo liada, abuela. ¿Te ayudo con algo?
-Sí, preciosa. Ayúdame a poner un poco de orden en este armario. Viene tu tío Lucas con los niños y necesitarán espacio para sus cosas.
-Subo un poco la persiana, que entre algo de luz.
-Ay! No. Es ese edificio. Me intranquiliza verlo…
-¿El antiguo colegio? ¿El de las monjas?
-Sí…
-¿Pero por qué?
-No sé. De pequeña me gustaba mucho. Así, tan grande. Lo comparaba con el mío, que no era más que un barracón de barrio… Soñaba con que un día estudiaría allí. Me pasaba las tardes asomada a la ventana, esperando a que las niñas salieran al patio. Tenían un himno… como era… “hermanas, uníos, el señor ya está aquí…” o algo así, no me acuerdo ya. Pero sí recuerdo las risas y el jaleo. Luego pasó lo de los accidentes y cerraron el colegio.
-¿Accidentes?
-Sí. Varias niñas se intoxicaron. Algo en la comida dijeron.
-¿Y qué tiene eso de misterioso?
-Pues que si sólo fue “algo en la comida”, ¿por qué cerraron el colegio? No. En el barrio se hablaba de una niña. Llegó nueva, le hicieron la vida imposible… y una novatada se les fue de las manos. Fue entonces cuando empezaron las intoxicaciones, las caídas “accidentales”, las escaleras “demasiado enceradas”. Dicen que si la oyes cantar… es que tú vas a ser el siguiente.
-Abuela… ¿Pero cómo te crees eso? Ahora me vas a decir que el coco también existe, ¿no?
-Bueno, déjalo. Y vamos a terminar ya con este armario, anda, que el tío Lucas debe estar a punto de llegar.

(Susana Vegas. El armario)

en el mar

“Aún no sabía si, a partir de entonces, me sentiría con fuerzas para cuidar de Yukiko y de las niñas. Las ilusiones no me ayudarían más. Ya no entretejerían más sueños para mí. Por más lejos que fuera, el vacío seguiría siendo el vacío. Había estado sumergido en él durante mucho tiempo. Había obligado a mi cuerpo a familiarizarse con él. “Aquí es, en definitiva, adonde he llegado”, me dije. Y tendría que acostumbrarme. Y, posiblemente, en el futuro, sería yo quien debería entretejer sueños para alguien.

Era lo que se me pedía. Qué fuerza acabarían teniendo esos sueños, no lo sabía. Pero, si quería encontrar algún sentido a mi vida presente, debería, en la medida de mis posibilidades, llevar esta obra adelante… Tal vez.

Pero me fue imposible levantarme de la silla. Las fuerzas habían abandonado mi cuerpo por completo. Como si alguien se me hubiese acercado sigilosamente por la espalda y me hubiese desenchufado. Hinqué los codos en la mesa y me cubrí la cara con las palmas de las manos.

Dentro de esa oscuridad, pensé en la lluvia que caía sobre el mar. La lluvia que caía furtivamente, sin que nadie lo supiera, en un vasto mar. Las gotas de lluvia golpeaban mudas la superficie del agua, sin que ni siquiera los peces lo percibieran. Hasta que alguien se acercó y posó suavemente su mano sobre mi espalda, seguí pensando en el mar.”

(Haruki Murakami. Al sur de la frontera, al oeste del Sol)

domingo por la mañana

Pues sí que hay gente hoy. Ni que regalaran el pan. Tengo que pensar algo para el cumple de Claudia. Este año no lo salvo con unas flores. Le sentaría bien la falda que lleva esa chica. Si me atreviese a preguntarle dónde la ha comprado… ¡Anda! Se le ha caído el pañuelo.
-¡Perdona! ¡Eh! ¡Perdona!
Jo, si que tiene prisa. Se ha subido en ese coche que la estaba esperando y ni me ha mirado. Bueno, si la veo otro día se lo devuelvo. Además era muy mona…
Uy, me toca ya. No sé qué pan pedir hoy. Últimamente el payés tiene demasiada miga.

(Susana Vegas. Domingo por la mañana)