el árbol

La niña seguía en el árbol. Los señores de gris habían entrado ya en la casa y tocaban todo con sus guantes negros. Mamá sale de casa, y luego papá, con el pequeño en brazos. ¿No se daban cuenta de que sólo era un juego? Así funcionaba su mundo en el árbol. Piensas cosas, y luego cuando bajas, todo se queda arriba, nada ha sido real. Llevaba tiempo diciéndole a papá que podase el árbol, que sus ramas estaban creciendo mucho y una se colaba por la ventana del desván. Y allí, sentada en el frío suelo de la cocina, con el peluche entre sus manos, la niña seguía en el árbol.

(Susana Vegas. El árbol)

así hace

“Que hombres de tales posibilidades salgan del paso con lobos esteparios y “hay viviendo dos almas en mi pecho” es tan extraño y entristecedor como que muestren con frecuencia aquella afición cobarde a lo burgués. Un hombre capaz de comprender a Buda, un hombre que tiene noción de los cielos y abismos de la naturaleza humana, no debería vivir en un mundo en el que dominan el sentido común, la democracia y la educación burguesa. Sólo por cobardía sigue viviendo en él, y cuando sus dimensiones lo oprimen, cuando la angosta celda de burgués le resulta demasiado estrecha, entonces se lo apunta a la cuenta del lobo y no quiere enterarse de que a veces el lobo es su parte mejor.

A todo lo fiero dentro de sí lo llama lobo y lo tienen por malo, por peligroso; pero él, que cree, sin embargo, ser un artista y tener sentidos delicados, no es capaz de ver que fuera del lobo, detrás del lobo, viven otras muchas cosas en su interior; que no es lobo todo lo que muerde; que allí habitan además zorro, dragón, tigre, mono y ave del paraíso. Y que todo este mundo, este completo edén de miles de seres, terribles y lindos, grandes y pequeños, fuertes y delicados, es ahogado y apresado por el mito del lobo, lo mismo que el verdadero hombre que hay en él es ahogado y preso por la apariencia de hombre, por el burgués.

Imagínese un jardín con cien clases de árboles, con mil variedades de flores, con cien especies de frutas y otros tantos géneros de hierbas. Pues bien: si el jardinero de este jardín no conoce otra diferenciación botánica que lo “comestible” y la “mala hierba”, entonces no sabrá qué hacer con nueve décimas partes de su jardín, arrancará las flores más encantadoras, talará los árboles más nobles, o los odiará y mirará con malos ojos.

Así hace el lobo estepario con las mil flores de su alma. Lo que no cabe en las casillas de “hombre” o de “lobo” ni lo mira siquiera. ¡Y qué de cosas no clasifica como hombre! Todo lo cobarde, todo lo simio, todo lo estúpido y minúsculo, como no sea muy directamente lobuno, lo cuenta al lado del hombre, así como atribuye al lobo todo lo fuerte y noble sólo porque aún no consiguiera dominarlo.”

(Hermann Hesse. El lobo estepario)

eso contamos

Contamos ideas, sueños, otras vidas, algo que nos gusta, lo que nos da miedo, lo que querríamos vivir y lo que creemos haber vivido. Eso contamos.

(Susana Vegas. Cuaderno 2)