(…)

-Soy yo. ¿Vas a tardar mucho? Te dije que hoy me llevaba a los niños a casa de mi madre, que tengo ensayo por la tarde.
-Pero si los he dejado en el portal hace media hora. El portero me ha dicho que ya los acompañaba él, que así aprovechaba y te subía el correo.
-Julián, no tengo portero…

(Susana Vegas. (…))

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el sillón

Era un sillón feo, oscuro, colocado justo en frente de la puerta. Un sillón incómodo que nunca usábamos, y que seguía allí a pesar de las mil reformas que habíamos hecho en la galería. Todos los días, al verlo al entrar, me seguía preguntando por qué no me decidía a tirarlo de una vez. Pero ese día fue distinto.

Habíamos decidido que Julián se quedase el coche y yo me vendría en tren. Lo prefería. Así aprovechaba y llamaba a Clara. La exposición estaba casi preparada pero faltaba encontrar el hueco perfecto para el cuadro grande. Era el plato fuerte, el que salvaría la temporada. Me acuerdo que iba pensando en eso, en la colocación ideal del cuadro, cuando entré en la galería y me encontré a Santiago.

Y fue así, al verle sentado en el sillón, cuando supe que algo había pasado.

(Susana Vegas. El sillón)