no darías abasto

“–Y sólo una persona que haya sido discriminada sabe lo que eso representa y lo profundamente que hiere. La herida es diferente en cada persona y en cada persona deja una huella distinta. Así que a mí nadie me gana en lo que se refiere a pedir justicia o equidad. Sólo que ya estoy más que harto de la gente sin imaginación. De ese tipo de gente que T.S. Eliot llama ‘hombres huecos’. Personas que suplen su falta de imaginación, esa parte vacía, con filfa insensible y que van por el mundo sin percatarse de ello. Personas que intentan imponer a la fuerza a los demás esa insensibilidad soltando, una tras otra, palabras huecas– Ôshima suspira y hace girar entre sus dedos el largo lápiz– Y cuando se me pone uno delante no me puedo aguantar. Acabo soltando más cosas de la cuenta. Acabo diciendo cosas que no debería decir, haciendo cosas que no debería hacer. No puedo controlarme. Ése es mi punto débil. ¿Y sabes por qué?

–¿Porque si te tomaras en serio a cada una de las personas sin imaginación que se te pusieran delante no darías abasto?– pregunto.

–Exacto– dice Ôshima, y con la goma del lápiz se aprieta suavemente la sien– En realidad, es eso. Pero quiero que recuerdes una cosa, Kafka Tamura. Y es que los que mataron al novio de adolescencia de la señora Saeki no fueron otros que esa clase de sujetos. Sujetos estrechos de miras, intolerantes y sin imaginación. Tesis desconectadas de la realidad, terminología vacía, ideales usurpados, sistemas inflexibles. Son esas cosas las que a mí, realmente, me dan miedo. Son estas cosas las que yo temo y odio con todo mi corazón. Es importante saber qué es correcto y qué no lo es, por supuesto. Sin embargo, los errores de juicio personales pueden corregirse en la mayoría de los casos. Si uno tiene la valentía de reconocer su error, las cosas, generalmente, se pueden arreglar. Pero la estrechez de miras y la intolerancia de la gente sin imaginación son igual que parásitos. Provocan cambios en el cuerpo que les acoge y, mudando de forma, se reproducen hasta el infinito. Y eso no hay manera de detenerlo.”

(Haruki Murakami. Kafka en la orilla)

Quiero

Quiero volver a tener un pato que se llame Marcelino, a meter los pies en todas las playas que encuentre, a hacer tortugas en la arena, a jugar al fútbol con una naranja, a huir de las palomas y a andar, andar, andar y seguir andando.

Quiero volver a escribir un cuaderno por viaje, a regatear hasta por unas cucharillas de café, a tener una cena de lunamieleros, a curar el ataque de un jaguar, a dar de comer a las iguanas, a huir de una barracuda y a tomar un coctel de banana mama.

Quiero volver a llenar un maletero de cajitas cuadradas y a descargarlo en una casita junto a un pozo, a probar todas las noches una cerveza nueva y volver a casa haciéndonos la zancadilla, a coger el coche y salir a investigar, Ronchamp?, cerquita, nos damos la vuelta, Spa?, no hay problema, volvemos mañana, a pisar 5 países en un mismo día y a terminar los viajes en Quasimodo.

Quiero volver a sacar leña de donde sea, pistachos?, al fuego, a no encontrar el coche sepultado en la nieve, a ver como estallan las olas y convertirnos en los clientes de la semana en la Galana.

Quiero volver a aprender a volar una cometa, a descubrir el carpacho de buey, a correr por primera vez la San Silvestre, a coger piedras para la pecera en playas escondidas, a sentir el agua fría de nuestra calita y a descubrir arenas de mil colores. Eso quiero.

(Susana Vegas. Quiero)

el regalo

Es Navidad y estoy buscando un regalo para María. Ya son muchos años juntos y sigo sin acertar. “Gracias, Miguel”, me dirá con su media sonrisa para luego dejarlo olvidado en un cajón.

Doy vueltas y vueltas pero no encuentro nada. A mi alrededor la gente se decide. Una mujer compara ilusionada varias muñecas, una señora mayor hojea cuentos infantiles, una chica mira el interior de una preciosa cajita azul, un hombre comprueba el tacto de dos chaquetas de mujer, un chico pasea tranquilo entre estantes de libros de bolsillo.

Al final elijo un pañuelo amarillo que creo que pega con su falda nueva. Lo pago y se lo llevan para envolver. Mientras espero, coincido con la chica de la cajita azul y con la mujer de la muñeca, muy concentrada, quizá esté pensando dónde esconderla. Nos traen los regalos ya envueltos. ¡Qué impersonales parecen así, todos iguales, con lo que me ha costado decidirme!

María llega a casa pronto. No puedo esperar a mañana y le doy su regalo. ¿Acertaré esta vez?

“Gracias, Miguel”, y la media sonrisa empieza a asomar… pero no se queda ahí, se ensancha, y por primera vez en muchos años, la sonrisa se completa llenando de luz sus ojos. Y al ir hacia ella buscando su abrazo veo cómo sus manos sostienen una preciosa cajita azul.

(Susana Vegas. El regalo)