aire

karen faulkner
(Karen Faulkner. Blue)

Anuncios

la granja

Cuando salimos de la estación no había amanecido todavía. Con el estómago revuelto por no haber desayunado, empezamos a andar. Caminábamos en silencio, la niebla y el frío tampoco ayudaban a mantener ninguna conversación. Se oyó a lo lejos el llanto de un bebé. Debíamos de estar cerca de algún pueblo. Ninguno conocíamos esa zona, pero la carta que recibimos ayer era clara: a 5 km de la antigua estación, siguiendo el camino principal.

El día empezaba a clarear cuando llegamos a lo que parecía un caserío o una granja abandonada. No había duda, era el sitio. En el suelo de la entrada, con arena oscura, habían dibujado la flor roja.

(Susana Vegas. La granja)

somos parte del juego

“-No tienen ningún derecho –dijo ella al fin-. Son intrusos.
-Se equivoca. Somos parte del juego, como usted.
-Un juego cuyas reglas ignoran.
-Se equivoca de nuevo, Milady. La prueba es que estamos aquí –Corso miró a su alrededor en busca de las gafas, hasta que las descubrió sobre la mesilla de noche. Se las puso, ajustándolas con el índice-. Lo complicado era precisamente eso: aceptar el carácter del juego; asumir la ficción entrando en el relato y pensar con la misma lógica que el texto exige, en vez de recurrir a la lógica del mundo exterior… Después resulta fácil continuar, porque si en la realidad hay muchas cosas que suceden por azar, en la ficción casi todo discurre según reglas lógicas.

La uña roja de Liana Taillefer estaba ahora inmóvil.
-¿También en las novelas?
-Sobre todo en las novelas. En ellas, si el protagonista razona según esa lógica interna que es la del criminal, acaba llegando forzosamente al mismo punto. Por eso al final siempre terminan encontrándose el héroe y el traidor, el detective y el asesino.”

(Arturo Pérez-Reverte. El club Dumas)

hoy te he buscado

Hoy te he buscado.

Sensaciones que creí enterradas han explotado dentro de mí,
empapando cada rincón,
bañándome en un calor olvidado hace tiempo,
en días en que viajábamos con el mapa al revés,
sorteando baches entre beso y beso.

Sentimientos sepultados por el peso de las noches,
adormecidos por la fuerte anestesia de la rutina.

Contigo el tiempo es raro.
Se expande hasta cubrirnos,
y nos arrastra,
y nos vomita como mar revuelto.

Pero tu niebla me acorrala y me impide avanzar.
Aire enviciado que anula mis respuestas,
nube elástica que sólo devuelve golpes,
veneno que me corrompe por dentro.

Y quiero salir. Y me agarro,
pero a piedras que se pegan a mí como lapas,
haciéndome caer más hondo,
arrastrándome hacia zonas más profundas.

Y me las arranco como puedo.
Y las oigo estallar contra el suelo.
Ventosas tan adheridas que me amputan trozos enteros.

He andado hueca durante semanas.
Días de escribir sin tinta y sonreír sin cara,
sorprendida de que nadie viera
los pedazos de mí que se disolvían por el suelo.

Cuando leas esto,
(porque sé que lo leerás)
y me busques,
(porque es sólo cuestión de tiempo que tus esquemas revienten)
me encontrarás donde siempre.

Y cuando te vea,
te golpearé y aguijonearé y humillaré hasta agotarme.
Y luego caeré, brutalmente,
como siempre he caído contigo.
Hasta que me revuelva de nuevo y te bloquee mi vida,
sin dejar un resquicio por el que puedas entrar.
Ni yo salir.

Cuando leas esto…
Pienso ahora que quizá no lo leas.
Enciendo una cerilla y el papel empieza a arder.
El fuego me calma…
y me engancha.

Los dedos se agitan por el calor,
pero es un dolor que aplaca mi frío,
y no lo apago,
y avanza,
y sólo puedo contemplar, hipnotizada, cómo mi mano va detrás,
y cómo me consumo por fuera de la misma manera que me consumiste por dentro.

Y al igual que contigo, sé que sólo con soplar apago el fuego,
pero no lo hago,
lo dejo avanzar,
y avanzar,
y avanzar…

(Susana Vegas. Hoy te he buscado)

los dados

Mi vecina de arriba es una indecisa. Le agobia tanto tomar una decisión que, si está sola, es capaz de salir a la calle a preguntar a cualquier desconocido. Estoy harta de oír el timbre de la puerta y ver su cara de duda por la mirilla, con una blusa azul en una mano y un vestido de flores en la otra.

Le he hecho un regalo. Una caja llena de dados de colores. Dados de muchas caras con palabras impresas: “azul marino y gris sí pegan, mejor las vitaminas por la mañana, sí es buena idea llevar dinero para un taxi, para trabajar mejor camisa, sí puedes beber agua después de comer melón, no hay que experimentar con la comida de los peces,…”

Ya no oigo el timbre de la puerta. Ya sólo oigo un repiqueteo continuo que se me mete hasta el tuétano y no me deja vivir. He encontrado un dado perdido por casa. Por más que le pregunte sólo me da una respuesta.

(Susana Vegas. Los dados)