sentido

No sé qué ha pasado. Vuelvo a tener una pila de palabras juntas que ayer tenían sentido y que hoy, las mire como las mire, no me dicen nada. Estoy haciendo memoria, a ver si logro localizar en qué instante se esfumó.

A ver. Me puse a escribir, estuve un par de horas. Me levanté a picar algo. Al volver releí lo escrito y en ese momento tenían sentido. Fijo. Estoy segura. Recuerdo que hasta me salió una media sonrisa cuando el niño vuelve del cole y le cuenta a su padre lo de su sueño.

Luego me duché, me lavé la cabeza y salí a comprar fruta. A la vuelta me hice una ensalada y ojeé unas tiras de Mafalda mientras me la comía.

Después recuerdo que llamó Paula, no sé qué de su perro y de la excursión del sábado. No me apetecía hacer cena, así que quedé con ella en vernos luego y tomar algo por el centro. Aproveché para escribir unas horas más. Me volví a dar otra ducha, me arreglé un poco y me fui.

Al final, la caña rápida se convirtió en cena, la cena en café en casa… Y se nos alargó la noche. Mucho. Ya era tarde y se quedó. A veces se queda. Ella junta colores igual que yo junto letras y hay días en que necesitamos que nos agiten un poco para volver a encontrarnos debajo de tanta tinta.

Bueno, lo que te estaba contando. Que ayer, en algún momento, lo que escribí perdió su sentido. Y que estoy haciendo memoria a ver en qué rincón del día se me escapó.

(Susana Vegas. Sentido)

la valla

Hay una valla que divide la montaña en dos. Está hecha de piedras y troncos viejos. Las heladas de invierno la van desgastando, y se forman madrigueras improvisadas en las rocas caídas. El río la cruza de un lado a otro, bajo las raíces de un árbol viejo. Y los ciervos se juntan a ella los días de calor, pensando si al otro lado de la valla la sombra será más fresca y la hierba más verde.

(Susana Vegas. La valla)

Martín

Cuando me encontré a María, muerta, junto a la chimenea, no podía dejar de mirarla. No entendía nada.

El día había empezado bien. Era el primero que no llovía en una semana rara de mediados de junio. Bajé a correr pronto. Correr me despeja, y necesitaba la cabeza libre. El trabajo en la galería había sido muy absorbente las últimas semanas y había retrasado demasiado la oferta de Van Hulle. Era una oportunidad increíble para mí, entrar en el grupo de los holandeses era mi sueño. Serían dos años fuera, aprendiendo de los mejores.

Con la excusa de la última exposición, María había organizado una pequeña cena su casa. Sólo para nosotros cinco. No tendríamos que ir de un lado a otro del salón sorteando trajes caros con una copa en la mano. Ni dar conversación a los nuevos galeristas, ni aguantar a los antiguos. Una noche tranquila. O eso creíamos.

María quería ver cómo organizaríamos el verano. Ella se iba tres semanas a la feria de Berlín, y Paula, que siempre se quedaba al cargo de la galería cuando María no estaba, inauguraba su propia exposición en Gijón, con lo que estaría fuera, como mínimo, hasta mediados de agosto. David no contaba, suficiente tenía con conseguir que los franceses diesen luz verde a la exposición de septiembre. Se nos echaba el tiempo encima y estos seguían poniendo pegas.
Y Manuel…, bueno, a Manuel no se le daba bien tratar con la gente.

Así que sólo quedaba yo, Martín el “apaga fuegos”, el “chico para todo”. Pero si aceptaba la oferta de Van Hulle, el domingo como muy tarde tendría que estar en un avión camino de Bruselas. Y sobre todo, antes necesitaba cerrar algunas cosas con María.

(Susana Vegas. El grupo)