y fría otra vez

“Mientras comenzaron a cavar, ahondando el pozo que los trabajadores ya habían hecho, la atención de Adeline giró hacia el oscuro bulto en la tierra, debajo del manzano. Por fin, la muchacha sería relegada a la tierra. Desaparecería y sería olvidada: sería como si jamás hubiera existido. Y con el paso del tiempo, la gente olvidaría su existencia.

Adeline cerró los ojos, tratando de ignorar el ruido de los malditos pájaros que habían comenzado a piar intensamente, las hojas agitándose ahora con fuerza. Escuchó en cambio el bendito sonido de la tierra cayendo sobre la sólida superficie. Pronto terminaría. La muchacha habría desaparecido y Adeline podría respirar.

El aire se agitó frío sobre su rostro. Adeline abrió los ojos. Una figura oscura se acercaba a ella, a la altura de la cabeza. ¿Un pájaro? ¿Un murciélago? Alas oscuras batiendo el cielo nocturno. Adeline retrocedió. Un repentino pinchazo y sintió el frío de su sangre. Luego caliente. Y fría otra vez. Mientras la lechuza se alejaba, por encima del muro, la palma de Adeline comenzó a palpitar.

Debió de gritar, porque Mansell hizo una pausa en su trabajo para acercar la linterna. En la danzante luz amarilla, Adeline vio que una rama espinosa del rosal se había desprendido cayendo sobre ella. Una gruesa espina estaba enterrada en su palma.

Con la mano libre la arrancó. Una gota de sangre brotó a la superficie, una perfecta y brillante gota. Adeline tomó el pañuelo de la manga de su vestido. Lo apretó contra la herida, y observó cómo la mancha roja era absorbida. Era sólo una espina. Qué importaba que la sangre estuviera helada debajo de su piel; la herida sanaría y todo estaría en orden.

Pero ese rosal sería lo primero que arrancaría cuando diera la orden de eliminar el jardín.
Porque ¿qué razón de ser tenía un rosal, ahora, en Blackhurst?”

(Kate Morton. El jardín olvidado)

traviesa

Hay veces que una palabra se pone pesadísisma. La veo ahí, rebotando de un sitio a otro del texto, sin terminar de encajar en ningún párrafo.

Cuando la tacho se me queda mirando con carita triste, como diciendo que porqué las demás juegan y ella no. Entonces me da pena y la vuelvo a meter en el cuento, y, cómo no, vuelve a liarla otra vez. Por más que lo intente no se queda quieta en ninguna frase. Cuando me levanto y dejo de escribir, decide venirse conmigo y seguir rebotando en mi cabeza, hasta que me harto y la encierro en un paréntesis sin sentido.

Pasa el tiempo, y cuando por fin me creo que se ha olvidado de mí, me la encuentro sonriendo, traviesa, en un cuento que no he escrito yo.

(Susana Vegas. Traviesa)

ya he llegado

Lunes 18 de octubre: “Te escribo para decirte que ya he llegado. El viaje en tren me ha gustado. Hay mucho pueblos que no conocía. Siempre había venido en coche, y la autopista los deja de lado. Hemos parado en uno que era igual al de los abuelos. ¿Te acuerdas cuando fuimos de pequeños? Escariche, creo que se llama. Creo, no estoy segura. Ya estaban empacando la paja para el invierno. He hecho algunas fotos, de esas que le gustan a papá. Se las quiero regalar en navidad”.

(Susana Vegas. El diario)

la casa

En mi pueblo hay una casa con una ventana entreabierta. No parecería raro si no fuera porque las demás están tapiadas. En el jardín se acumulan los hierbajos. Y los topos. En el tejado faltan tejas y sobran nidos. Los árboles la rodean, protegiéndola del viento, y en invierno se cuelan las ardillas.

En los cuartos hay muebles tan viejos que se deshacen solos, y armarios llenos de ropa que se han comido las polillas. Hay camas rotas con muelles oxidados, donde se esconden los ratones los días de tormenta.

Hace tiempo que no sale ni barro de los grifos, y en la cocina, vive un niño, que juega con las copas de cristal gastado mientras busca el escondrijo de las arañas.

(Susana Vegas. La casa)

milana bonita

“ ¡señorito, por sus muertos, no tire!
no pudo reportarse, cubrió al pájaro con el punto de mira, lo adelantó y oprimió el gatillo y, simultáneamente a la detonación, la grajilla dejó en el aire una estela de plumas negras y azules, encogió las patas sobre sí misma, dobló la cabeza, se hizo un gurruño, y se desplomó, dando volteretas, y, antes de llegar al suelo, ya corría el Azarías ladera abajo, los ojos desorbitados, regateando entre las jaras y la montera, la jaula de los palomos ciegos bamboleándose ruidosamente en su costado, chillando,

¡es la milana, señorito! ¡me ha matado a la milana!
y el señorito Iván tras él, a largas zancadas, la escopeta abierta, humeante, reía,
será imbécil, el pobre,
como para sí, y, luego elevando el tono de voz,
¡no te preocupes, Azarías, yo te regalaré otra!

pero el Azarías, sentado orilla una jara, en el rodapié, sostenía el pájaro agonizante entre sus chatas manos, la sangre caliente y espesa escurriéndole entre los dedos, sintiendo, al fondo de aquel cuerpecillo roto, los postreros, espaciados, latidos de su corazón, e, inclinado sobre él, sollozaba mansamente,
milana bonia, milana bonita
y el señorito Iván, a su lado,
debes disculparme, Azarías, no acerté a reportarme, ¡te lo juro!, estaba quemado con la abstinencia de esta mañana, compréndelo,

más el Azarías no le escuchaba, estrechó aún más el cuenco de sus manos sobre la grajeta agonizante, como si intentara retener su calor, y alzó hacia el señorito Iván una mirada vacía…”

(Miguel Delibes. Los santos inocentes)