bolis

Hoy me he dedicado a robar bolis.
Mejor dicho, a robar tapas de boli bic de color azul.

Algunas me ha costado bastante cogerlas. Como la del de contabilidad, por ejemplo, que no ha parado de firmar papelajos en toda la mañana. O la de Marga, pero esa porque usa el boli para pillarse el moño, que trabajar, trabajar… pues no trabaja, la verdad.

Pero la más difícil ha sido la de Luis. Desde que dejó de fumar no para de morder cosas.

(Susana Vegas. Bolis)

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… y la contemplé arder

“Releí varias veces las palabras que David Martín me enviaba a través del tiempo, palabras que me parecieron impregnadas de arrepentimiento y de locura, palabras que no acerté a entender completamente. Sostuve la carta en mis manos unos instantes y luego la acerqué a la llama del candil y la contemplé arder.”

(Carlos Ruiz Zafón. El prisionero del Cielo)

la camiseta

Tengo delante de mí una camiseta con relieve.
Me asusta un poco. Bueno, un poco no, me intimidada bastante. Es como una margarita gigante metida dentro de un mar verde y hecho todo con trozos de telas cosidos “hacia delante”. Como si hubieran dado un par de puntadas en cada recorte y al resto le hubieran puesto almidón o lo que se eche para que la ropa se quede de punta. Da un poco de grima tanta cosa saliendo disparada. Desde luego, fijarte en la camiseta, te fijas. Y ganas de arrancársela también te dan. A lo mejor esa es la idea. Y que luego “la magia del momento te envuelva” y listos. Pero no sé… Es que parece que en el pelo también lleva cosas… No me atrevo. Me quedo sin magia.

(Susana Vegas. La camiseta)

de nuevo

He escrito algo en el tren viniendo para acá.
No es mucho, un par de páginas, lo que me han dado de sí las tres horitas del trayecto.
Lo malo es que al pasarlas a limpio he ido puliendo, y puliendo, y puliendo…
Y aquí estoy de nuevo frente a la maldita hoja en blanco.

(Susana Vegas. De nuevo)

caricia

Te oigo detrás de casa, cortando leña para asar los pimientos. Me encanta su olor cuando se les churrusca la piel. Y luego sacarlos con cuidado, y esperar a que se templen mientras asamos castañas. O mientras limpiamos los níscalos con esos paños de cocina tan suaves con los que les quitas la tierra.

Cuando los podemos coger sin quemarnos los dedos, los pelamos con calma y los metemos en tarros de cristal grandotes, esos que siempre limpias tan minuciosa. Mientras el agua hierve y hace su magia, preparamos la cena en manteles de rafia.

Ya por la tarde, con el trabajo hecho, calentamos nuestras tazas en las brasas que quedan, y nos dejamos adormecer, tranquilos, por el sabor de la leche con miel.

(Susana Vegas. Caricia)