y me dio el papel

“El señor Antolini se quedó un rato callado. Luego se levantó, cogió otro cubito de hielo, lo echó en el vaso y volvió a sentarse. Se le notaba que estaba pensando. Yo estaba deseando que continuara la conversación por la mañana en vez de ahora, pero él estaba empeñado. La gente casi siempre se empeña en hablar cuando el otro no tiene ninguna gana.

-Está bien. Ahora escúchame un momento… Puede que no me exprese tan memorablemente como quisiera, pero dentro de un par de días te escribiré una carta. Entonces podrás entenderlo todo. Pero ahora escúchame de todos modos. –Volvió a concentrarse. Luego continuó-: Esta caída a la que creo que te diriges es de un tipo muy especial terrible. Al que cae no se le permite ni oír ni sentir que ha llegado al fondo. Sólo sigue cayendo y cayendo- es el tipo de caída destinada a los hombres que en algún momento de su vida buscaron en su entorno algo que éste no podía proporcionarles. O que creyeron que su entorno no podía proporcionárselo. Así que dejaron de buscar. Abandonaron la búsqueda antes de iniciarla siquiera. ¿Me sigues?

-Sí señor.
-¿Seguro?
-Sí.

Se levantó y se sirvió otra copa. Luego volvió a sentarse. Durante mucho tiempo no dijo nada.
-No quiero asustarte –dijo-, pero te imagino con toda facilidad muriendo noblemente, de un modo u otro, por una causa totalmente indigna. –Me miró de una forma muy rara y dijo-: Si escribo una cosa para ti, ¿la leerás con atención? ¿Y la guardarás?
-Claro que sí –dije. Y lo hice. Aún tengo el papel que me dio.

Se acercó a un escritorio que había al otro lado de la habitación y, sin sentarse, escribió algo en un papel. Luego volvió y se sentó a mi lado con el papel en la mano.
-Curiosamente, esto no lo escribió un poeta que ejerciera como tal. Lo escribió un psicoanalista que se llamaba Wilhelm Stekel. Esto es lo que… ¿Me sigues?
-Sí, claro que sí.
-Esto es lo que dijo: “Lo que distingue al hombre inmaduro es que aspira a morir noblemente por una causa, mientras que el hombre maduro aspira a vivir humildemente por ella”.

Se inclinó hacia mí y me dio el papel.”

(J.D. Salinger. El guardián entre el centeno)

la noche

La noche ha sido larga. Y oscura. Sueños de los que no me acuerdo, me han dejado cubierta de un sudor pegajoso y frío. Pero ya oigo a los pájaros.

(Susana Vegas. La noche)

mientras yo soñaba

Hoy no has dormido mucho. Te quedaste hasta tarde escribiéndome un cuento, mientras yo soñaba con princesas y dragones. Me despiertan las gaviotas y el café recién hecho. Sentada en la terraza, te veo nadar. Un puntito blanco en un inmenso azul. Dejas huellas mojadas en la arena. Sabes a sal.

(Susana Vegas. Mientras yo soñaba)

no conseguía explicárselo

“Su angustia suprema era la desaparición de la certidumbre. Se sentía con las raíces al aire. El código no era ya en su mano sino un palo roto. Se las tenía que ver con escrúpulos de naturaleza desconocida. Le estaba aconteciendo una revelación sentimental completamente distinta de la aseveración legal, que había sido hasta entonces lo único por lo que había medido los hechos. Seguir con su honradez antigua ya no le bastaba. Estaba aflorando todo un orden de hechos inesperados, y lo subyugaba. Su alma presenciaba la aparición de todo un mundo nuevo: la buena obra aceptada y devuelta; la abnegación; la misericordia; la compasión violentando a la austeridad; la aceptación de personas; no más condenas definitivas; no más condenados a los infiernos; la posibilidad de una lágrima en los ojos de la justicia, una justicia no sabida, una justicia según Dios, en sentido inverso de la justicia de los hombres, Divisaba entre las tinieblas el amedrentador amanecer de un sol ético desconocido; lo espantaba y lo deslumbraba. Búho forzado a mirar con ojos de águila.

Se decía que sí, que era cierto, que existían excepciones, que la autoridad podía quedar desconcertada, que a la norma se la podía tomar desprevenida ante un hecho, que no todo cabía en las páginas del código, que lo imprevisto imponía su autoridad, que la virtud de un presidiario podía tenderle una trampa a la virtud de un funcionario, que lo monstruoso podía ser divino, que el destino tenía emboscadas como aquélla; y pensaba, desesperado, que ni siquiera él se había librado de que lo pillase por sorpresa.

No le quedaba más remedio que reconocer que la bondad existía. Aquel presidiario había sido bueno. Y él también, Javert, cosa inaudita, acababa de ser bueno. Así que se estaba volviendo un depravado. Se veía como un cobarde. Sentía horror por su propia persona. El ideal de Javert no era ser humano, ser grande, ser sublime; era ser irreprochable. Ahora bien, acababa de faltar a ese ideal.

¿Cómo había llegado a aquello? ¿Cómo habían sucedido todas esas cosas? No habría podido decírselo a sí mismo. Se agarraba la cabeza con las dos manos, pero, por mucho que lo intentaba, no conseguía explicárselo.”

(Victor Hugo. Los miserables. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia)