humilde presagio

“Por lo que se refiere a Eri, lo cierto es que ni su postura ni la expresión de su rostro han experimentado el menor cambio. No parece haberse dado cuenta de que su hermana se ha escurrido dentro de la cama y que, ahora, está durmiendo a su lado.

Pero, poco después, los pequeños labios de Eri se mueven ligeramente, como si estuviera reaccionando a algo. Un rápido temblor que dura un instante, décimas de segundo. Pero a nosotros, convertidos en un puro y agudo punto de vista, no se nos puede pasar por alto semejante movimiento. Hemos fijado bien en nuestra retina esa señal momentánea de su cuerpo. El temblor de ahora quizá sea un humilde primer indicio de algo que está por venir.

O quizá sea un humilde presagio de ese humilde primer indicio. En cualquier caso, ha abierto una pequeña grieta en su conciencia y algo se dispone a enviar señales a este lado. Ésta es la certera impresión que nos da. Y nosotros observamos, furtivamente, con gran atención, cómo ese presagio, sin nada que se interponga en su camino, va cobrando forma despacio, envuelto por la luz nueva de la mañana. La noche se ha acabado por fin. Aún falta mucho tiempo para que nos visiten de nuevo las tinieblas”

(Haruki Murakami. After Dark)

la tierra oculta cristales rotos

La tierra oculta cristales rotos,
la luz azulada de una bombilla desnuda.

Un zapato sin cordones filtra el frío del suelo
y el olor dulzón de tu pañuelo me embota la nariz.

Voy lenta,
el sol pega fuerte.

Intento salir pero hay pájaros en la puerta,
como gotas de agua reventando contra ella,
una,
y otra vez,

Caigo,
raspándome las rodillas.

Tus labios me dejan un sabor amargo.

(Susana Vegas. La tierra oculta cristales rotos)

aviones de madera

No había amanecido cuando salí de tu casa.
Fui hacia la estación,
tranquila,
dando un rodeo por detrás del mercado.

Curioseando cómo los puestos empiezan el día,
cómo organizan sus cosas,
entre charlas a media voz
envueltas por el olor del café cargado.

Observando a los pequeños,
agarrados a las faldas de sus madres,
chupando azucarillos a escondidas.
Y a los no tan pequeños,
equipados con mochilas y caras de sueño.

Aviones de madera junto a botes de pintura,
esperando,
pacientes,
sus nuevos colores.

(Susana Vegas. Aviones de madera)