el caso (8)

-Avisar a Julián- ordenó Padilla -.
Que suba con lo que tenga.
Y no hagáis planes para el fin de semana.
Esto hay que cerrarlo antes de que vuele el viejo.

(Susana Vegas. El caso (8))

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entonces oyó el ruido

“En una casa como la Casa, donde anidan tantos (ruidos), uno más carece de importancia. Pero éste había conseguido intrigarla. Su ceño formó una uve diminuta. Salió a ver qué o quién lo había producido.

El desván. La puerta se había abierto un poco. Quizá su madre había entrado a guardar algo y luego no la había cerrado bien. El desván era la habitación prohibida. Mamá no dejaba que los niños se metieran allí porque temía que los trastos apilados se les cayeran encima. Pero Clara y José Manuel pensaban que ocultaba algo horrible. En eso estaban de acuerdo. Diferían tan sólo en el significado que le otorgaban a lo horrible.

Para su hermano, lo horrible era malo; para Clara, malo o bueno, pero sobre todo atractivo. Como un caramelo, que podía ser malo pero atractivo al mismo tiempo. Si lo horrible hubiese aparecido ante ellos, José Manuel habría retrocedido atemorizado y Clara se habría acercado fascinada con el sigilo de un niño en noche de reyes. La calidad de lo horrible gobernaría el doble de movimiento: algo verdaderamente horrible habría espantado a José Manuel y atraído a Clara como una posesa, la habría lanzado hacia eso como se lanza una piedra (con la misma sombría naturalidad) a la oscuridad de un pozo.

Ahora, por fin, lo horrible la invitaba a pasar. Podría haber llamado a su madre (la oía trajinar en la cocina), o bajar al huerto y buscar la protección de su padre, o bajar aún más hasta el garaje y pedirle ayuda a su hermano.
Pero se decidió.”

(José Carlos Somoza. Clara y la penumbra)

parpadeo

Parpadeo.
Pero sigues ahí.
No sé cómo te llamas,
no sé si tienes familia,
o perro,
o si prefieres escribir a pintar.

No sé si bailas o miras bailar,
montaña o playa,
o la playa en la montaña como en Gulpiyuri.
Si los caracoles te gustan de tierra o de mar,
si cuando viajas llevas mochila o maleta.

No sé qué te gusta leer,
ni de quién,
ni porqué.
No sé ni el color de tus ojos,
pero creo que esta vez te dejaré marchar.

(Susana Vegas. Parpadeo)