una colección de libros

[Feria del libro, a la mañana siguiente (cont.)]

—¿Esto te refresca la memoria, viejo? —le pregunté, agitando un billete de 50 delante de sus narices.

Notaba detrás de mi a Julián anotando mentalmente 50 euros de daños colaterales. Siempre tan escrupuloso con los informes.

—Bueno, para ir empezando me vale, jefa —dijo guardando el billete en uno de los muchos bolsillos que parecía tener la sucia gabardina que llevaba—. A ver… el libro de la flor… Sí, me acuerdo. Fue hace cosa de un mes, en una de esas subastas en las que destripan casas viejas. Ya sabe, jefe, el antiguo propietario se desentiende de todo y el nuevo no quiere perder un minuto en deshacerse de todos esos trastos. ¡Pues se equivocan, les digo a ustedes! —bramó de repente el viejo, exaltado—. No saben la de cosas que se encuentran en los trasteros de una casa antigua, cerrada desde ni se sabe. ¡Auténticas joyas!, ¡háganme caso! Pero claro, para eso hay que saber mirar —apuntó, hinchándose como un pavo—. Yo lo vi claro. Una colección de libros tan bien encuadernada… Me dije, “Rafael, de aquí saca algo hasta un niño de teta”.

—¿Cómo dice? —le interrumpí, inquieta—. ¿Ha dicho usted una colección de libros?

Se me debió de notar mucho el interés, porque vi claramente en sus ojos el signo del dólar. Podía oír los engranajes de su cabeza evaluando la manera de sablearnos, haciendo sus cálculos para sacarnos los cuartos.

—Uff, mi memoria… Si es que uno ya no es lo que era… —dijo zalamero.

Eso se tradujo en 50 euros más de daños colaterales. Padilla iba a ponernos finos, pero decidimos darle un poco más de carrete, a ver dónde nos llevaba el pájaro. Siempre hay tiempo para tirar de placa y confiscarle sus “tesoros”.

—Da gusto hacer negocios con ustedes —sonrió, enseñándonos una boca con más huecos que dientes—. Pues miren, me empiezo a acordar de algo. Y creo que les va a gustar.

(Susana Vegas. Una colección de libros)

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un tren lejano y monótono

“Pero a la niña –que frunciría el ceño si supiera que la llaman de esa manera- ya no le preocupan los cuentos de hadas y los monstruos de la infancia. Es inquieta y ansía escapar. Esa ventana, ese castillo ya no son suficientes. Sin embargo, por el momento es todo cuanto posee y, melancólica, observa a través del cristal.

En el exterior, en la lejanía, en el valle entre las colinas, el pueblo comienza a adormecerse. Un tren lejano y monótono, el último de la noche, anuncia su llegada: un chillido solitario que no recibe respuesta, y el jefe de estación, con un rígido sombrero de tela, se apresura torpemente a levantar la bandera. En el bosque cercano un cazador furtivo observa a su presa y sueña con regresar a su hogar y dormir, mientras en las afueras del pueblo, en una casita con la pintura desconchada, llora un recién nacido.

Acontecimientos perfectamente cotidianos en un mundo donde todo tiene sentido. Donde lo que está allí es visible, y si no puede verse es porque no existe. Un mundo ciertamente distinto de aquel donde la niña ha despertado. Porque allí abajo, más cerca de lo que a ella se le ha ocurrido observar, algo está sucediendo.”

(Kate Morton. Las horas distantes)

o te haces o te comen

[Feria del libro, a la mañana siguiente]

—Mire Rafael, estos son los maderos de los que le hablé —dijo don Cosme, señalándonos.

Un viejo achacoso cargado con un saco de lona salió de dentro de la tienda, arrastrando unas zapatillas todavía más raídas que su barba.

—Están muy interesados en el librito pequeño de la flor roja —prosiguió don Cosme, recalcando el “muy” con uno de sus guiños—. Ese que me vendiste junto con las aventuras de Tintín en francés… y por cierto —dijo elevando el tono, enfadado—. A ti te quería ver yo. Que no me vendiste la colección completa, viejo tonto. Que me has despistado dos tomos. Ya me estás devolviendo el dinero o…

—Señores —tuve que interrumpir, aunque el tal Rafael no parecía nada intimidado por don Cosme, por mucho que le sacara una cabeza y casi dos cuerpos—. Luego siguen con sus ajustes. Estamos aquí por el libro. ¿Qué nos puede decir de él, Rafael? ¿Dónde lo consiguió? ¿Y cuando?

—No sé, Jefa. Ponerme a recordar así, sin más. Es difícil… —dijo poniendo cara de mucha concentración, mientras observaba de reojo si metía mano a mi cartera.

El muy granuja… Está claro que, a la calle, o te haces o te comen.

(Susana Vegas. O te haces o te comen)

la Julia

¿Has visto quién sube? Es la madre de la Julia, la que siempre coloca su silla al lado de la fuente. De ahí no se mueve hasta que ve al Gonzalín pasar con su camión. Espera a que él tuerza en la rotonda de abajo y entonces se levanta, pliega su silla, y a paso lento vuelve a su casa.

Sale luego más tarde, apretando fuerte contra su costado una bolsa de rejilla con asas forradas de nailon negro. Comprará lo de siempre: un par de lonchas de jamón, el cuscurro de una barra de pan, y media lata de leche. Hoy no toca fruta, de ayer sobró media manzana.

La puesta al día con Valentina, que tiene a los nietos malos, le lleva casi una hora. De vuelta se asoma donde Lucas, el zapatero, para preguntarle por la Luisa. Hace días que no baja su silla a la plaza. Sigue con la pierna hinchada, le dice. Está avisado el niño de la Juana, el que estudió en Segovia, que tiene un amigo practicante y se pasará a verla en cuanto pueda.

Hoy vuelve casa pronto. Últimamente los zapatos empiezan a apretar antes, y la chaqueta, cruzada siempre en su brazo, abrocha hoy hasta arriba. Hace calor, pero le duelen las rodillas desde ayer. Puede que llueva.

(Susana Vegas. La Julia)