tu silueta

Me había acostumbrado a verte a lo lejos,
paseando con tu perro por la orilla de San Lorenzo,
justo al amanecer.

Me había acostumbrado a tus andares tranquilos,
a que te acercases al llegar a mi altura
y te sentases un rato a mi lado,
mientras tu perro entraba y salía del agua
a la caza del palo que lanzabas.

Me había acostumbrado a saberte parte de mis mañanas,
y aunque hoy hace un año en que dejé de verte,
sigue siendo tu silueta lo primero que busco entre la niebla.
Me había acostumbrado.

(Susana Vegas. Tu silueta)

se nos fue como una ilusión

“Encauzado el verano por unas veredas tan uniformes se nos fue como una ilusión, cuando casi no habíamos empezado a saborearlo. Me acordé de mayo y de cómo había pensado entonces que las vacaciones estivales eran una cosa a la que apenas si se les veía el fin. Transcurridas ya, empecé a darme cuenta de que nada hay largo en la vida por muy largo que quiera ser. Había vaciado un año de mi existencia desde el día que mi tío me llevara a casa de don Mateo a bordo de una carretela descubierta.

De entonces acá me quedaba la huella de unos cuanto días, muy pocos, que destacaban sobre la uniformidad de los demás con características peculiares. Opiné, para mis adentros, que si la vida normal se componía de otras sesenta unidades como ésta, tenían mucha razón los que afirmaban que la existencia era un soplo, el transcurso fugaz de un instante, una realidad que sólo daba tiempo para meditar que, aun pareciéndonos mentira, ya habíamos vivido la vida que nos correspondía.”

(Miguel Delibes. La sombra del ciprés es alargada)

amoldable

La verdad es que tú,
como continente,
no me atraes mucho.

Pero eres tan amoldable
que me resulta muy cómodo
llenarte de las cosas que quiero.

(Susana Vegas. Amoldable)

me debes una

—Venga, me voy. Ya me cuentas mañana.
Al salir de la sala se chocó con Marina, que venía, como siempre, cargada de papeles.
—¡Qué bien que os pillo! Necesito firmas en estos partes y luego que me paséis…
—A Laura —la cortó Julián—. Lo que tengas que hablar hazlo con Laura, que yo me voy ya. Hasta mañana chicas.
Se marchó rápido, articulando un discreto “lo siento, ¡te debo una!” mientras cerraba la puerta al salir. Cuando por fin despaché a Marina y me pude poner con el informe de Padilla estaba agotada. Me escocían horrores los ojos. Lo que me apetecía era llegar a casa y darme una buena ducha. Incluso me daría tiempo a bajar a correr si se me daba bien el metro, pensé mirando la hora.
En esas estaba, ojeando distraída el informe mientras pensaba qué me prepararía de cena, cuando vi qué era lo que le había llamado la atención a Padilla. Me quedé de piedra. El reloj de la pantalla marcaba casi las once. Era tarde para llamar, pero me arriesgué.

(Susana Vegas. Me debes una)