canciones

Para mí,
los puntos de encuentro son canciones,
y es,
justo ahí,
donde vuelvo cada vez que me pierdo.

(Susana Vegas. Donde vuelvo)

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entonces lloré

“Al fin, viendo que no parecía que fuera a tirarme al suelo ni desde una ventana, los psicólogos consintieron en dejarme sola con mi padre, que me había hecho de chófer y acompañante. Aunque me costó, también le convencí a él de que me dejara sola en casa, y de aplazar las explicaciones que tendría que darle antes o después. En cuanto se hubo marchado, agarré los auriculares y salí a la calle.

A paso vivo fui hasta el Retiro, y una vez dentro caminé, ya más despacio, hasta el Palacio de Cristal. Era una hermosa tarde de junio, y el aire, cálido y quieto, invitaba a sentarse a la sombra. Así lo hice, con el palacio a la vista. Respiré hondo y busqué la canción. Y entonces sí. Entonces lloré. Hasta quedarme sin lágrimas.”

(Lorenzo Silva. Música para feos)

la luz

No reconozco el camino.
Lo atraviesa una luz cruda,
que daña mis ojos,
y me concede una lucidez que no he pedido.

Yo no quiero ver tanto.
No quiero comprender el mundo,
ni ponerle nombre a las cosas.

Quiero que me devuelvan mis filtros,
y mi miopía.
¡Feliz estaba yo sin contornos tan definidos!

¿Qué necesidad hay de viajar
con un diccionario debajo del brazo,
si lo que tengo que decirte
nunca lo diré con palabras?

(Susana Vegas. La luz)

barriendo hacia el pozo

“Nadie sospechó nada: ¡estaban todos tan encastillados en sus vidas de siempre, petrificadas por el orden milenario! Vivían atrancados de piel para adentro, ejecutando por fuera los gestos prescritos, barriendo hacia el pozo negro interior cualquier imprevisto, que desaparecía como las heces por los sumideros de las casas. El sistema funcionaba sin escándalo, la cuidad era apacible hasta el aburrimiento, las sonrisas educadas florecían en las bocas, y las reverencias, y los «tendré sumo gusto» y «a los pies de usted».

Los niños crecían, incorporándose a la gran representación social, aprendiendo sus papeles dócilmente, sometiéndose al Manual de Urbanidad antes acatado por sus padres: el de don Antonio Carreño, ilustre Gobernador que fue de la provincia de Cádiz.

No hubo presagios ni agüeros. No se revocó el humo chimeneas adentro, no malparieron ovejas, no se encontró una culebra buscando calor bajo la lamparilla del sagrario (como cuando el último ramalazo del cólera), no se quebraron espejos ni despidieron luz sobrenatural las reliquias de Santa Bienvenida. Sobrevino sin amagos ni amenazas. De pronto el mundo hizo ¡crac! y por la grieta penetró el escándalo de golpe, sin dar tiempo a exorcismos.

¿Cómo fue posible? No, ningún traidor abrió la poterna. En la segura maquinaria del Orden no hay hueco para traidores. Fue, claro está, un inocente; alguien todavía no engranado al mecanismo. Como en el cuento del rey desnudo, un niño descubrió la verdad y fue la chispa que encendió otra carga más inocente y peligrosa todavía: una mujer frustrada.”

(José Luis Sampedro. El caballo desnudo)