curioso

Hoy te he seguido.
Te he visto salir del agua y te he seguido.
No sé porqué.

No tengo ninguna intención de hablar contigo,
ni de que me cuentes tu vida,
ni me preguntes por la mía.
Pero la realidad es que te he seguido.

¿Cómo será sentir que alguien te sigue?
Ser protagonista de una historia
y no conocerla siquiera.
Curioso.

(Susana Vegas. Curioso)

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una tela pegajosa y densa

“-Yo no subo –dijo el niño.
-¿Por qué? ¿No te deja tu padre?
-Les tengo miedo.
-¿Miedo? ¿A las señoras que trabajan arriba?
-Sí –gimió el niño.

Es comprensible, pensó Palomares. ¡Con el alboroto que arman…!
-Pues no te muevas. Subiré yo.

Guiándose con el pasamanos y palpando con el bastón, Palomares subió un peldaño. Luego otro. Entonces percibió algo distinto. Una especie de cortina le bloqueaba el paso. Era una tela pegajosa y densa: se adhería a sus dedos y a la manga de su chaqueta, al puño de su bastón y a su rostro. Se estremeció de repugnancia al tiempo que escuchaba, más allá de aquellos bastidores, los ensordecedores crujidos de las ruecas voraces, el afán mecánico, los atroces gestos de una labor incansable, incesante, repetida hasta el fin del día, de todos los días, del tiempo, de todos los tiempos…

Retrocedió y bajó las escaleras. Al menos, el niño no se había marchado: aguardaba en el mismo sitio, temblando dentro de su delgado pijama.
-Sabía que usted tampoco subiría –dijo el niño-. A todo el mundo le dan miedo las tejedoras.”

(José Carlos Somoza. Fantasmas de papel. Las tejedoras)

un punto extraño

[Laura y Martín. Inmediaciones de la Puerta del Sol]

—¿Laura? ¿Eres tú?

El shock fue brutal. Quince años han pasado desde la última vez que vi esa cara. Ha envejecido, como todos, pero sus ojos me miran igual. Aunque con un punto extraño que sólo más tarde me pude explicar: miedo.

(Susana Vegas. Un punto extraño)

no desatendáis las pequeñas alegrías

“En nuestro tiempo una gran parte del pueblo vive en estado de insensibilidad y apatía. Los espíritus delicados sienten dolorosamente el impacto de nuestras formas de vida y se inhiben frente a la actualidad. En arte y en poesía, tras un breve periodo de realismo, se advierte por todas partes un clima de insatisfacción, cuyos síntomas más claros son la nostalgia del Renacimiento y el neorromanticismo. “Os falta la fe”, clama la Iglesia. “Os falta el arte”, clama Avenarius. Es posible. Pero entiendo que nos falta ante todo alegría. El anhelo de una vida superior, la visión de la vida como algo jovial, como una fiesta, es lo que, en el fondo, tanto nos seduce en el Renacimiento. La sobreestimación aritmética del tiempo, la prisa como principio y fundamento de nuestro estilo de vida, es el más peligroso enemigo de la alegría. Con sonrisa nostálgica leemos los idilios y los viajes sentimentales de épocas pasadas. Para qué anhelaban tener tiempo nuestros abuelos? Cuando yo leí la égloga de Friedrich Schlegel a la ociosidad, no pude sustraerme a este pensamiento: ¡cómo te habrías lamentado si hubieras tenido que trabajar como nosotros!

Este carácter vertiginoso de la vida actual ha ejercido sobre nosotros su nefasta influencia ya desde la primera educación; es triste, pero es inevitable. Lo peor es que la prisa de la vida moderna se ha apoderado ya de nuestras escasas parcelas de ocio; nuestra forma de gozar y divertirnos apenas es menos nerviosa y azacanada que la barahúnda de nuestro trabajo. “La mayor cantidad posible y la mayor celeridad posible”, es la consigna. La consecuencia de ello es el aumento constante del placer y la disminución progresiva de la alegría. Y este estilo de diversión patológico, aguijoneado por una perpetua insatisfacción y al mismo tiempo aquejado de un perpetuo hastío, se ha implantado también en los teatros, en la ópera, en las salas de concierto y en las galerías de arte. La visita a una exposición moderna rara vez suele resultar un auténtico placer.

El rico tampoco se ve libre de estos males. Podría escapar a ellos en teoría, pero en realidad no puede. Hay que participar, hay que estar al corriente, es necesario no perder altura.Yo no dispongo de una receta universal, como no dispone nadie, contra esta situación deplorable. Pero quiero traer a la memoria una consigna nada moderna, muy vieja: “el disfrute moderado es doble disfrute”. Y: “no desatendáis las pequeñas alegrías”.

Moderación, por tanto. En determinados círculos se necesita valor para dejar de asistir a un estreno. En otros círculos hace falta valor para confesar que no se conoce una novedad literaria a las pocas semanas de su aparición. En muchos ambientes uno queda en ridículo si no ha leído el periódico del día. Pero yo sé de algunas personas que no se arrepienten de haber tenido este valor”.

(Hermann Hesse. Pequeñas alegrías)