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Imagine Dragons – Radioactive

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y gritar

“Quedé con Yuki varias veces más. Tres, para ser exactos. A ella no parecía entusiasmarle vivir con su madre en las montañas de Hakone. No acababa de gustarle, pero tampoco que causaba repulsión. Asimismo, tampoco parecía considerar que tuviera la obligación de ocuparse de su madre ahora que la muerte de Dick North la había dejado sola y deprimida. Simplemente, se dejaba arrastrar, como empujada por el viento. Se mostraba indiferente hacia la vida que ahora llevaba.

Efectivamente, cuando estaba conmigo recuperaba un poco la vitalidad. Si yo le hacía una broma, poco a poco reaccionaba, su voz recobraba la serena tensión de siempre. Una vez en la casa de Hakone, sin embargo, volvía a las andadas: su voz perdía toda tensión, su mirada se volvía inexpresiva. Como un planeta que comienza a detener la rotación alrededor de su propio eje para ahorrar energía.

-Oye, ¿por qué no pruebas a vivir otra vez sola en Tokio? –le propuse-. Para cambiar de aires. No por mucho tiempo. Tres o cuatro días. Te vendrá bien para despejarte. En Hakone te veo cada vez más decaída. No eres la misma que cuando estábamos en Hawai.
-No puedo hacer nada –me dijo-. Te entiendo, pero ahora tengo que pasar por esto. Vaya a donde vaya, las cosas no cambiarán.
-¿Porque Dick North ha muerto y tu madre está así?
-En parte sí, pero creo que no es sólo eso. No se solucionará aunque me aleje de mamá. No voy a conseguir nada por mi misma. No sé cómo explicarlo… Noto una corriente que me arrastra. Mi estrella está empeorando. Y es como si mi cuerpo y mi cabeza no se acoplaran como es debido. Será lo mismo esté donde esté, haga lo que haga.

Estábamos en la playa y observábamos el mar. El cielo estaba encapotado. Un viento tibio mecía las briznas de hierba que crecían en la arena.
-Tu estrella –dije.
-Mi estrella –repitió con una suave sonrisa-, sí, está empeorando. Es como si mamá y yo compartiéramos la misma frecuencia. Ya te lo dije: cuando ella está alegre, yo me siento animada; si se deprime, yo también me entristezco. A veces no sé quién es la que empieza. Es decir, si es mamá la que me arrastra a mí o yo la que la arrastro a ella. En todo caso, me doy cuenta de que existe una conexión entre las dos. Da igual que estemos juntas o separadas.
-¿Una conexión?

-Sí, una conexión mental –dijo Yuki-. A veces me resulta detestable y me rebelo; otras me da todo igual y me dejo ir. Me rindo. En otros casos, ¿cómo puedo decirlo?, no soy capaz de controlarme a mí misma. Siento que una gran fuerza externa me empuja. Cuando eso pasa, dejo de saber hasta qué punto soy yo y a partir de dónde no lo soy. Por eso acabo rindiéndome. Me dan ganas de abandonarlo todo. No lo soporto. Quiero acurrucarme en un rincón de la casa y gritar que todavía soy una niña.”

(Haruki Murakami. Baila, baila, baila)

y seré

“Eso era demasiado para Joséphine. Dejó que las grandes lágrimas que aguantaba corriesen por sus mejillas y lloró, lloró en silencio mientras Iris, tendida boca abajo, la cabeza hundida entre sus brazos, continuaba evocando su infancia, los juegos que inventaba para mantener a su hermana en la esclavitud.

Heme aquí de vuelta a la Edad Media, pensaba Joséphine entre lágrimas. Cuando el pobre siervo se veía obligado a pagar un impuesto al señor del castillo. A eso se le llamaba vasallaje, cuatro monedas que el siervo se colocaba sobre la cabeza inclinada y que ofrecía al señor en señal de sumisión. Cuatro monedas que no podía dar pero que, sin embargo, encontraba, sin los que era azotado, encerrado, privado de tierras para cultivar, de sopa…

Pueden haberse inventado el motor de explosión, la electricidad, el teléfono, la televisión, pero la relación entre los hombres no ha cambiado. He sido, soy y siempre seré la humilde sierva de mi hermana.“

(Katherine Pancol. Los ojos amarillos de los cocodrilos)