todas estaban entretejidas

“El río corría hacia su meta. Siddharta observaba ese río formado por él, por los suyos, por todas las personas que había visto. Todas las corrientes de agua se deslizaban con prisa, sufriendo, hacia sus fines, y en cada meta se encontraban con otra, y llegaban a todos los objetivos, y siempre seguía otro más; y el agua se convertía en vapor, subía al cielo, se transformaba en lluvia, se precipitaba desde el cielo, se convertía en fuente, en torrente, en río, y de nuevo se deslizaba corriendo hacia su próximo fin.

Pero aquella voz ansiosa había cambiado. Aún sonaba con resabios de sufrimiento y ansiedad, pero a ella se le unían otras voces de alegría y sufrimiento, voces buenas y malas, que reían y lloraba. Cien voces, mil voces.

Siddharta escuchaba. Ahora permanecía atento totalmente entregado a esa sensación; completamente vacío, sólo dedicado a asimilar, se daba cuenta de que acababa de aprender a escuchar. Ya en muchas ocasiones, había oído las voces del río, pero hoy sonaban diferentes. Ya no podía diferenciar las alegres de las tristes, las del niño y las del hombre: todas eran una, el lamento del que anhela y la risa del sabio, el grito de ira y el suspiro del moribundo. Todas estaban entretejidas, enlazadas y ligadas de mil maneras.”

(Hermann Hesse. Siddharta)

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a la larga

“Había yo soportado hasta donde me era posible las mil ofensas de que Fortunato me hacía objeto, pero cuando se atrevió a insultarme juré que me vengaría. Vosotros, sin embargo, que conocéis harto bien mi alma, no pensaréis que proferí amenaza alguna. Me vengaría a la larga; esto quedaba definitivamente decidido, pero por lo mismo que era definitivo, excluía toda idea de riesgo.

No sólo debía castigar, sino castigar con impunidad. No se repara un agravio cuando el castigo alcanza al reparador, y tampoco es reparado si el vengador no es capaz de mostrarse como tal a quien lo ha ofendido.
Téngase en cuenta que ni mediante hechos ni palabras había yo dado motivo a Fortunato para dudar de mi buena disposición.

Tal como me lo había propuesto, seguí sonriente ante él, sin que se diera cuenta de que mi sonrisa procedía, ahora, de la idea de su inmolación.”

(Edgar Allan Poe. El tonel de amontillado)

una formidable tortuga de pantano

“Sus ojos eran grandes como charcos negros. Su hocico chorreaba fango y algas. Toda aquella Montaña de Cuerno —Atreyu lo comprendió de pronto— era un único y monstruoso animal, una formidable tortuga de pantano: ¡la Vetusta Morla!

Entonces se oyó aquella voz jadeante y gorgoteante:
—¿Qué haces ahí, pequeño?
Atreyu cogió el amuleto de su pecho y lo sostuvo de forma que los ojos grandes como charcos de la tortuga pudieran verlo.”

(Michael Ende. La historia interminable)

el último beso

“Esto es lo que vi. Una anciana sentada en un sillón delante de una ventana alta con visillos de muselina que daba a una distante vista de los jardines botánicos. La luz filtrada que caía sobre su cara era suave y perlada. Estaba delgada y su rostro se había afilado con la edad, la piel distendida y arrugada, pero seguía teniendo un aspecto fuerte, la nariz prominente, los ojos oscuros y atentos. Su cabello gris estaba recogido detrás de la cabeza en un moño flojo.

Seguía siendo hermosa, pensé, de un modo severo, de ese modo semioculto que se encuentra en ciertas ancianas, que permite ver aún a la mujer joven que fue en otro tiempo. Parecía mucho mayor que Carriscant. Sus manos descansaban en el regazo o, más bien, descansaban en el aire encima de su regazo, temblando mucho, de una forma antinatural. El pulgar y el índice de su mano derecha hacían pequeños movimientos continuamente, como si estuviera haciendo rodar una píldora entre ellos.
Carriscant avanzó hacia ella mientras yo me hacía a un lado.

—¿Salvador? —dijo ella con voz suave, su acento americano poco pronunciado.
—Sí, Delphine.
—No te quedes ahí en la sombra. No puedo verte.
—Aquí estoy.

Ella le miró.
—Tienes barriga.
—Demasiado apetito, ya me conoces.

Él se arrodilló al lado del sillón y cogió las temblorosas manos entre las suyas, mientras sus cabezas se acercaban. Se besaron, un beso largo y lento, lleno de decente y generoso ardor, de auténtica y dulce carnalidad. Pensé en el último beso que se habían dado en la oscuridad de la calle Francisco, en Intramuros, en Manila, en 1903… Mediaba toda una generación, había transcurrido media vida.”

(William Boyd. La tarde azul)

nadie da de cenar a los muertos

“Después de todo, y principalmente después de comprobar que la mismísima Regina la había abandonado, tuve la debilidad de experimentar una póstuma compasión por Eva Heydrich. Sin condescendencia, con más afecto que piedad. Nadie es tan malvado que ninguna persona deba quererle.

Viendo cómo todos desertaban, me entró un ansia conmovida de hacerle compañía. Siempre sucede igual, y cuesta admitir que sea irremediable. Tarde o temprano se secan las lágrimas, se da media vuelta y se piensa en lo que habrá que hacer de cena. Nadie da de cenar a los muertos.”

(Lorenzo Silva. El lejano país de los estanques)

no supone nada

“En comparación con eso ¿qué puede suponer un prosaico jaque mate? —se echó hacia atrás en la silla mirando los ojos de Muñoz, que lo observaban imperturbables—. Yo se lo voy a decir. No supone nada —levantó las palmas de las manos, como si invitara a que Julia y el ajedrecista comprobasen la realidad de sus palabras—. ¿No es verdad, amigo mío?… Sólo un desolador punto final, un forzado retorno a la realidad —arrugó la nariz—. A la verdadera existencia: la rutina de lo común y lo cotidiano.

Cuando César terminó de hablar, Muñoz estuvo un rato en silencio.”

(Arturo Pérez-Reverte. La tabla de Flandes)

otro recurso chino

“El feng shui trata de distribuir correctamente los espacios y los objetos para producir una circulación de energía natural que nos haga sentir cómodos. Hay personas que me preguntan si el feng shui significa mover los muebles de sitio, con lo que siempre respondo que no, que eso es otro recurso chino que se llama camión de mudanzas.”

(Paul Darby. Feng Shui)