nadie obliga

“Mis ojos se habían acostumbrado a la penumbra. Ahora podía distinguir mejor las cosas: el túnel, la curva de las vías, el reflejo de luces lejanas en ellas, la distancia que en el punto más estrecho separaba nuestra vía de la pared. Apenas un metro, calculé. Insuficiente para protegerse, por mucho que alguien se pegara a ella. La misma turbulencia del convoy podía arrancarte de la pared.

-¿Tenías reservado esto para tus chicos?
-Era una posibilidad. Otro desafío.

Moví la cabeza, asombrada.

-Venir a jugarse la vida –dije.
-Lo hablamos esta mañana –replicó-. Hoy en día, la diferencia entre hacer arte callejero o emborronar paredes hay que ganársela.
-¿Y de verdad no te importa lo que les ocurra?

Encendió un cigarrillo, tapando la llama del mechero con el hueco de las manos.

-¿Por qué habría de importarme? Nadie obliga a hacer esto. Hay quien plantea problemas difíciles de matemáticas, o conjeturas científicas. Yo planteo intervenciones. Teóricas, hasta que alguien decide convertirlas en prácticas.
-Y muere.

Se echó a reír.

-O no. A partir de ahí no es asunto mío.”

(Arturo Pérez-Reverte. El francotirador paciente)

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pasará el tiempo

“El doctor, en cambio, de pie, con una mano puesta en el borde de la mesa, contemplaba a Aboguin con el desprecio profundo, algo cínico y feo, con que saben mirar tan solo el dolor y la penuria cuando ven ante sí la saciedad y la elegancia. […]

Sus pensamientos eran injustos e inhumanamente crueles. Condenaba a Aboguin, a su mujer, a Pápchinski y a cuantos vivían en aquella penumbra rosada y olían a perfumes. Durante todo el camino sintió odio hacia ellos y desprecio, hasta tal punto que el corazón le hacía daño. Y en su espíritu cristalizó una firme convicción acerca de tales gentes.

Pasará el tiempo, pasará también el dolor de Kirílov, pero esta convicción, injusta, indigna de un corazón humano, no pasará, y permanecerá en el ánimo del doctor hasta la misma tumba.”

(Anton Chéjov. Cuentos imprescindibles. Enemigos)

al corazón de la isla

“Cuando Jacob arrojó a su hermano al corazón de la isla, la consecuencia fue la creación del monstruo de humo. El espíritu del Hombre de Negro se fusionó con la fuerza todopoderosa que yacía oculta en el interior de la isla, una fuente de mezquindad, oscuridad y malevolencia.

En su forma más pura de odio y cólera, cuando el Hombre de Negro se transformaba en el monstruo de humo, se convertía en una siniestra fuerza de la naturaleza aparentemente imparable. Esta criatura era un ser instintivo que actuaba sin pensar, sin conciencia ni remordimientos.”

(Lost. Enciclopedia oficial)

como ladrones

“Lleva días lloviendo de forma imperceptible, como si el otoño todavía no se quisiera tomar en serio a sí mismo, las calles amanecen mojadas bajo un cielo ligeramente encapotado, y de pronto aparece un sol ingenuo y limpio que saca aristas de brillos al suelo pero que ya no se toma la molestia de calentar.

La exposición de Leo se celebra en una antigua fábrica de corcho de Palafrugell, situada en una plaza de piedra, que había pertenecido a los abuelos de Camila y que hace poco compró el ayuntamiento por una cantidad secreta. Es el último festejo de la temporada. Nos separaremos sin despedirnos, como ladrones, como si nos fuéramos a ver al día siguiente.

—Adiós, adiós.

Pero todos sabemos que echaremos el cierre de nuestras casas y que por muchas promesas que hagamos de venir en invierno, este año sí, seguro, no regresaremos hasta que vuelva el buen tiempo.”

(Pilar Eyre. Mi color favorito es verte)

también un caracol tiene estilo

“—Nací cerca del mar —dije—. Cuando me acercaba a la playa por la mañana, después de un tifón, en la orilla había todo tipo de objetos arrojados por las olas. Uno encontraba las cosas más sorprendentes. Desde botellas, sombreros y estuches de gafas, hasta mesas y sillas. No tengo ni idea de cómo llegaban hasta la playa. Pero a mí me encantaba ir a buscarlos y esperaba ilusionado a que llegara un tifón. Seguro que los habían tirado en alguna playa y que las olas los habían arrastrado hasta allí.

Apagué el cigarrillo en el cenicero y dejé el vaso vacío sobre la mesa.

—Todos aquellos objetos arrojados por las olas estaban asombrosamente limpios. Eran sólo trastos inútiles, pero estaban limpísimos. No había ni uno solo que estuviera tan sucio que no se pudiera tocar. El mar es algo muy especial. Cuando pienso en aquella época, siempre me acuerdo de esa basura varada en la playa. Mi vida siempre ha consistido en esto. En recoger basura, ir limpiándola a mi modo e ir arrojándola a otra parte. Pero es una basura inútil. Y se pudre allí donde está. Nada más.

—Pero para hacer eso se necesita estilo. Para limpiarla, quiero decir.

—¿Y qué necesidad hay de tener un estilo así? También un caracol tiene estilo. Lo único que hago yo es ir de una playa a otra. Recuerdo muchas cosas que han sucedido en mi vida, pero sólo las recuerdo. Ninguna de ellas tiene nada que ver con el hombre que soy ahora. Simplemente las recuerdo. Son cosas limpias, pero sin utilidad alguna.”

(Haruki Murakami. El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas)

demasiada lima

“Uno de los síntomas más notorios de la decadencia de Occidente es la cantidad de gente que se ofrece a proveer cosas que no tiene la menor idea de producir. Aquella camarera sabía de preparar un gimlet poco más o menos lo mismo que yo sabía de soldar juntas de gasoductos. Le había puesto demasiada lima (bastante más de la proporción de uno a cuatro en relación a la ginebra que recomiendan los cánones) y la fracción alcohólica provenía de cualquier sitio menos de la destilería que se anunciaba en la etiqueta de la botella que había volcado sobre mi vaso.

No es que me importara mucho, porque los años me han ido alejando del alcohol destilado y apenas pensaba mojar mis labios en aquel brebaje. Pero era un ejemplo más de la desidia que imperaba por doquier. Quienes llevaban aquel establecimiento tenían claro que no constituía una atracción por la excelencia de su servicio de bebidas. Su gancho estaba en otro lado. Y no se preocupaban de más.”

(Lorenzo Silva. La marca del meridiano)

todas estaban entretejidas

“El río corría hacia su meta. Siddharta observaba ese río formado por él, por los suyos, por todas las personas que había visto. Todas las corrientes de agua se deslizaban con prisa, sufriendo, hacia sus fines, y en cada meta se encontraban con otra, y llegaban a todos los objetivos, y siempre seguía otro más; y el agua se convertía en vapor, subía al cielo, se transformaba en lluvia, se precipitaba desde el cielo, se convertía en fuente, en torrente, en río, y de nuevo se deslizaba corriendo hacia su próximo fin.

Pero aquella voz ansiosa había cambiado. Aún sonaba con resabios de sufrimiento y ansiedad, pero a ella se le unían otras voces de alegría y sufrimiento, voces buenas y malas, que reían y lloraba. Cien voces, mil voces.

Siddharta escuchaba. Ahora permanecía atento totalmente entregado a esa sensación; completamente vacío, sólo dedicado a asimilar, se daba cuenta de que acababa de aprender a escuchar. Ya en muchas ocasiones, había oído las voces del río, pero hoy sonaban diferentes. Ya no podía diferenciar las alegres de las tristes, las del niño y las del hombre: todas eran una, el lamento del que anhela y la risa del sabio, el grito de ira y el suspiro del moribundo. Todas estaban entretejidas, enlazadas y ligadas de mil maneras.”

(Hermann Hesse. Siddharta)