casi parecía un adulto

“Yonah era un muchacho criado en la ciudad. Estaba familiarizado con las granjas de Toledo y algunas veces había ordeñado las cabras de su tío Arón, había alimentado y pastoreado el rebaño, había cortado heno y había ayudado en la matanza o en la elaboración del queso. Era fuerte y muy alto para su edad, y casi parecía un adulto. Sin embargo, jamás había conocido los duros ciclos cotidianos del esfuerzo incesante que constituyen la principal característica de la vida en el campo, por lo que, durante sus primeras semanas de trabajo en la hacienda de Carnero de Palma, notó que sus entumecidos miembros se quejaban.

Los hombres más jóvenes trabajaban como bueyes y se encargaban de las tareas que eran demasiado duras para los que ya tenían el cuerpo debilitado por los muchos años de agotador esfuerzo. Sus músculos no tardaron en endurecerse y desarrollarse y, con el rostro bronceado por el sol, su aspecto ya no se distinguía del de cualquier otro.”

(Noah Gordon. El último judío)

sólo quedaba yo para pagarlo

“Y todavía quedaba algo más escurridizo, más alarmante: la turbia hostilidad que notaba de pronto al acordarme de Pablo.

No puedo contar mucho del resto del día, pero sé que hice esfuerzos para no averiguar nada acerca de aquella hostilidad. Había otra cosa que la carta de Pablo me había traído, o me había devuelto, para ser más exactos. Mientras la leía, y a la vez que sentía y pensaba tantas otras cosas contrapuestas, volví a notar aquella conmoción que nos había sacudido en los tiempos de gloria anteriores a Claudia, cuando habíamos comprendido sin vacilaciones que entre los dos existía algo que nadie podría vulnerar. La sensación, recobrada otras veces, era menos pura que nunca, y nunca había venido tan a destiempo. Y sin embargo, la acepté, e incluso me obstiné en llenarme de ella y desde ella resistir hasta que todos los demás fantasmas que habían sido liberados enmudecieran.

Aquella noche me acosté borracho, tan solo y triste de alcohol como jamás lo había estado antes. Creo que fue entonces cuando mi corazón admitió, al fin, que Pablo se había ido y que hacía más de uno y más de diez años de su marcha. Costaba ser exacto, con el cerebro embotado de whisky, pero pensé al azar en una noche en el Retiro, frente al estanque. La noche en que había aparecido Claudia. Pero ella no había tenido la culpa. Cómo puede ser culpable quien no se da cuenta de lo que ocurre. Los culpables habíamos sido nosotros, que sí nos dábamos cuenta. Y ahora sólo quedaba yo para pagarlo.”

(Lorenzo Silva. Noviembre sin violetas)

esas estupideces se hacen sólo una vez

“—¿Cómo me has encontrado?

—Me costó mucho trabajo. Meses. Mil averiguaciones, por todas partes. Y un montón de plata. Estaba muerta de susto, llegué a pensar que te habías suicidado. Esta vez de verdad.

—Esas estupideces se hacen sólo una vez, cuando uno está imbecilizado de amor por alguna mujer. Ya no es mi caso, felizmente.”

(Mario Vargas Llosa. Travesuras de la niña mala)

alivio para su sed

“La casa donde Clara había crecido hacía equilibrios en la cuesta. Tenía tres balcones en el segundo piso, un altillo con claraboyas y una puerta de madera abierta de par en par. Al asomarse dentro, se veía el patio verde, con la fuente chiquita y el limonero.

Había una jarra rebosante de agua de limón con hielo y azúcar empañada de vaho sobre una mesita de hierro forjado, una tinaja de barro en cada rincón, geranios tapizando las paredes, tiestos verdes, la sombra del limonero. Desde ese día, Gabriel Hinestrosa no pudo volver a pensar en Clara sin saborear la dulzura ácida y fresca de la limonada.

Tuvo una revelación. Aquella niña era para él como agua del limonero en una tarde de agosto. Alivio para su sed.”

(Mamen Sánchez. Agua del limonero)

el tiempo no es oro

“El arte de vivir. No el arte de hacer cosas, el arte de vivir… Se puede vivir sin hacer muchas cosas, y se puede hacer muchas cosas sin saber vivir. La mayoría de la gente que ahora uno ve por la calle sabe hacer muchas cosas, se mueve todo el día, está agitada todo el día, y no sabe vivir.

Hoy, en gran parte, el hombre de una ciudad civilizada y urbanizada es un servidor del sistema y de las máquinas, porque cuando tiene que ocuparse del coche, de la lavadora, de lo otro y de lo de más allá, se pasa el día alimentando cosas y sosteniendo cosas, cuando sencillamente podría vivir mejor. Porque lo que no está claro son los fines. ¿Cuáles son los fines de la vida?, ¿para qué vivimos?, ¿para qué estamos vivos?

Estamos vivos para vivir, para hacernos, para realizarnos, para dar de cada uno de nosotros todo lo que puede dar, porque así tendrá todo lo que pueda recibir. Pero para que esto empiece hace falta libertad. Y para tener libertad, no libertad de expresión, lo que hay que tener es libertad de pensamiento, porque si usted no tiene libertad de pensamiento, da igual que hable o diga lo que quiera.

El poder se asegura de que no tengamos libertad de pensamiento, para eso nos educa, para que pensemos lo que él quiere que pensemos. Y entonces, cuando consigue que nosotros pensemos lo que él quiere que pensemos, y eso lo consigue en la infancia, cuando enseña la doctrina, cuando enseña los principios; lo consigue en la sociedad con el ambiente general, con los principios, la publicidad, el mercado, etc.

Cuando consigue que la gente piense lo que el poder quiere que piense, resulta que, si no tenemos libertad de pensamiento, no tenemos libertad de expresión, y no nos educan para tener libertad de pensamiento. Y cuando tengamos eso, podremos pensar en los fines de la vida, porque los fines de la vida no son aumentar en dinero y en gasto y en diversión, no es eso. Es ganar en satisfacción personal, ser más lo que uno es.

El tiempo no es oro, el tiempo es vida.”

(José Luis Sampedro. ¿Qué es la sabiduría?)

no les afecta

“Existe una clase de personas que, debido a una excesiva despreocupación, a sus pocos desvelos, se ven obligadas a llevar una vida sorprendentemente artificiosa. No hay muchas, pero a veces, cuando menos se lo espera, uno se topa con una de ellas. El doctor Tokai pertenecía a esa clase de personas.

Para poder ser fieles a sí mismas (por decirlo así) en el mundo torcido y complejo que las rodea, estas personas necesitan entregarse a una serie de operaciones de ajuste, aunque, por lo general, ellas mismas ni siquiera se dan cuenta de las penosas artimañas a las que tienen que recurrir para sobrevivir. Están convencidas de que viven de un modo totalmente natural y honesto, sin trampas ni máscaras.

Y cuando, por algún capricho del destino, un rayo de luz especial procedente de alguna parte se filtra e incide sobre lo artificial o lo antinatural de su comportamiento, la situación adopta a veces un cariz trágico y, otras, cómico. Por supuesto, también existen numerosas personas afortunadas (no puede expresarse de otra manera) que mueren sin llegar a ver esa luz o que, pese a verla, no les afecta.”

(Haruki Murakami. Hombres sin mujeres)