el día en que no temas

“-No dejes de sentirlo, Lázaro –me dice, recalcando mi nombre-. No dejó de sentirlo nunca Kafka, así nos consta, ni ninguno de los grandes. El día que no te cale los huesos El Pánico ni sientas El Frío en la Nuca, el día en que no temas que lo que estás escribiendo puede ser una gilipollez con la que vas a hacer el ridículo más atroz y a cosechar el más ominoso de los fracasos, ese día funesto en que tu vanidad derrote a tu juicio, estarás acabado como novelista.

Yo siempre le respondo que para estar acabado antes tendría que haber estado empezado alguna vez, y ahí es cuando ya nos enredamos en la discusión sobre la que en buena medida se asienta nuestra relación profesor-alumno y, al calor de ella, nuestra muy sui géneris (así lo determina el desnivel de años y de logros) amistad.

¿Y qué tal si empiezas por el principio, y permites que el lector tenga en cada momento una mínima noción de esas cuestiones tan simples y agradecidas, como de dónde vienes y a dónde vas? Ésa es la nota que, llegados a este punto, él pondría al margen del texto. Vale. Le haré caso.”

(Lorenzo Silva. Niños feroces)

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vamos ganando

“Suaves pisadas y un mugidito corderil despiertan al viejo, creyéndose en la majada. Pero sus ojos se abren en la penumbra a un angelito blanco que alza los brazos en la puerta, frente a la cama. El viejo se incorpora, salta y corre hacia él. Le eleva, le acuna en sus brazos y una inefable suavidad le inunda el pecho cuando la cabecita se reclina en su hombro. El ángel va cerrando los ojitos a medida que el viejo, primero de pie, sentado después en su cama, cavila para su dulce carga.

Es verdad, compañero, me has cogido en el sueño. Pero no creas, no descuidé la guardia… Es que, ¿sabes?, el enemigo se retira. Vamos ganando la guerra, ¡sí, vamos ganando, algunos ya se rinden! ¿No me crees? ¿Es que no te das cuenta tú mismo? A ver, ¿cómo has llegado hasta aquí? ¿Has tenido que gritar, que aporrear la puerta como otras veces? No, porque estaba abierta…

¿Me vas comprendiendo? ¡Eso mismo, compañerito, ahora ya no te encierran! ¡Y nunca más te encerrarán! ¡Ha triunfado tu abuelo, la partida del Bruno! ¡Vamos ganando!”

(José Luis Sampedro. La sonrisa etrusca)

con las tijeras

“No necesito más sino amar con entusiasmo la variedad humana. La amo con la misma fuerza con que aborrezco la pureza de las razas, de los pueblos, de las ortodoxias y de cuanto afianza en los individuos la estulta pero peligrosa convicción de superioridad de unos grupos humanos frente a otros.

Recordemos la célebre escena de la película de Charles Chaplin. El personaje llena una maleta con prendas de vestir, la cierra, tiene prisa y todo lo que le sobresale lo corta sin miramientos con las tijeras. De igual manera, sólo que con seres humanos, pretenden construir algunos la nación de sus sueños.”

(Fernando Aramburu. Las letras entornadas)

la estrella del hogar

“La luz ardía tenue y lejana, muy baja en el horizonte, un brillo entre las nieblas marinas.
-Parece una estrella –dijo Arya.
-La estrella del hogar –convino Denyo.

Era su padre el que gritaba órdenes. Los marineros subían y bajaban por los tres altos mástiles y se movían por los aparejos para arriar las pesadas velas moradas. Abajo, los remeros jadeaban y se afanaban con las dos grandes hileras de remos. Las cubiertas crujían y se inclinaban mientras la galera Hija del Titán viraba hacia estribor.

La estrella del hogar. Arya estaba en la proa con una mano en el mascarón dorado, una doncella con un cuenco de gruta. Durante un breve instante se permitió fingir que lo que tenía delante era de verdad su hogar.”

(George Martin. Festín de cuervos)

el umbral

“-¿Cree en la magia? –preguntó el niño, muy serio.
-Me parece que sí.
-Yo también.

Se sonrieron uno al otro, un momento de perfecta sintonía, y Eleanor se sintió en el umbral de algo que no había previsto y que no sabía describir bien. La posibilidad parecía impregnar el aire entre los dos.”

(Kate Morton. El último adiós)

planos

“8:00 de la mañana. PAUL está sentado a la mesa de comedor tomando café. Mira el reloj, deja la taza, se acerca a la puerta del cuarto de trabajo, la abre, asoma la cabeza.

Plano de RASHID dormido en el suelo; plano de la máquina de escribir y del cuaderno amarillo sobre la mesa.

PAUL cierra la puerta, suspira, vuelve a la otra habitación y se sirve otra taza de café. Mira el reloj. Primer plano del reloj: fundido de 8:05 a 8:35.

PAUL deja la taza, se levanta, se acerca a la puerta del cuarto de trabajo y llama con los nudillos.”

(Paul Auster. Smoke & Blue in the face)

satisfecho

“De modo que la inquietud causada por la reaparición pública de su apellido, a propósito del reinado de Remedios, la bella, carecía de fundamento real. Muchos, sin embargo, no lo creyeron así. Inocente de la tragedia que lo amenazaba, el pueblo se desbordó en la plaza pública, en una bulliciosa explosión de alegría.

El carnaval había alcanzado su más alto nivel de locura, Aureliano Segundo había satisfecho por fin su sueño de disfrazarse de tigre y andaba feliz entre la muchedumbre desaforada, ronco de tanto roncar, cuando apareció por el camino de la ciénaga una comparsa multitudinaria llevando en andas doradas a la mujer más fascinante que hubiera podido concebir la imaginación.”

(Gabriel García Márquez. Cien años de soledad)