una historia

Un solo de guitarra
acompaña a mi hoja en blanco.
Con cada rasgueo tamizo mi historia,
voy hilando frases
y sintiendo el peso de sus sombras
dirigirse hacia mis dedos.

Sólo cuando la canción termina
dejo a un lado tu guitarra
y me pongo a escribir,
a cambiar cada sombra gris
por su cuerpo negro,
a coser las palabra al cuaderno.

Me acerco a tu cama
y me siento a tus pies,
sin hacer ruido.

Empiezo a leerte,
con calma,
atenta siempre al movimiento de tus párpados.
Pero, como hasta ahora,
éstos no se inmutan
y sólo noto tu respiración,
inquieta como un pájaro.

Me voy
y descoso una a una las palabras,
que caen pesadas sobre mí
revoloteando insensibles al dolor que siento.

Pero vuelvo a coger tu guitarra
y a mover mis dedos,
vuelvo a contemplar el papel arrugado
y el revoltijo de letras a mis pies,
imaginando una nueva historia
que primero esbozaré con acordes,
que descifraré más tarde a través de sus sombras
y coseré finalmente al papel.

Una historia,
diferente a las anteriores,
con la que ya por fin despiertes.

(Susana Vegas. Una historia)

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una formidable tortuga de pantano

“Sus ojos eran grandes como charcos negros. Su hocico chorreaba fango y algas. Toda aquella Montaña de Cuerno —Atreyu lo comprendió de pronto— era un único y monstruoso animal, una formidable tortuga de pantano: ¡la Vetusta Morla!

Entonces se oyó aquella voz jadeante y gorgoteante:
—¿Qué haces ahí, pequeño?
Atreyu cogió el amuleto de su pecho y lo sostuvo de forma que los ojos grandes como charcos de la tortuga pudieran verlo.”

(Michael Ende. La historia interminable)

sólo quiero ser

Necesito descansar,
recuperar mis fuerzas.
Dejar de buscar dolor para activar un cuerpo que no me responde,
dejar de tirar días enteros por noches en blanco,
dejar de tener frío a todas horas.

Un frío seco que sube por mis pies
y convierte mis manos en ramitas rotas.

Sólo quiero ser una pequeña amebita al sol,
absorbiendo el calor que descongele,
por fin,
las palabras que dejé por escribir.

(Susana Vegas. Sólo quiero ser)

el último beso

“Esto es lo que vi. Una anciana sentada en un sillón delante de una ventana alta con visillos de muselina que daba a una distante vista de los jardines botánicos. La luz filtrada que caía sobre su cara era suave y perlada. Estaba delgada y su rostro se había afilado con la edad, la piel distendida y arrugada, pero seguía teniendo un aspecto fuerte, la nariz prominente, los ojos oscuros y atentos. Su cabello gris estaba recogido detrás de la cabeza en un moño flojo.

Seguía siendo hermosa, pensé, de un modo severo, de ese modo semioculto que se encuentra en ciertas ancianas, que permite ver aún a la mujer joven que fue en otro tiempo. Parecía mucho mayor que Carriscant. Sus manos descansaban en el regazo o, más bien, descansaban en el aire encima de su regazo, temblando mucho, de una forma antinatural. El pulgar y el índice de su mano derecha hacían pequeños movimientos continuamente, como si estuviera haciendo rodar una píldora entre ellos.
Carriscant avanzó hacia ella mientras yo me hacía a un lado.

—¿Salvador? —dijo ella con voz suave, su acento americano poco pronunciado.
—Sí, Delphine.
—No te quedes ahí en la sombra. No puedo verte.
—Aquí estoy.

Ella le miró.
—Tienes barriga.
—Demasiado apetito, ya me conoces.

Él se arrodilló al lado del sillón y cogió las temblorosas manos entre las suyas, mientras sus cabezas se acercaban. Se besaron, un beso largo y lento, lleno de decente y generoso ardor, de auténtica y dulce carnalidad. Pensé en el último beso que se habían dado en la oscuridad de la calle Francisco, en Intramuros, en Manila, en 1903… Mediaba toda una generación, había transcurrido media vida.”

(William Boyd. La tarde azul)