un punto extraño

[Laura y Martín. Inmediaciones de la Puerta del Sol]

—¿Laura? ¿Eres tú?

El shock fue brutal. Quince años han pasado desde la última vez que vi esa cara. Ha envejecido, como todos, pero sus ojos me miran igual. Aunque con un punto extraño que sólo más tarde me pude explicar: miedo.

(Susana Vegas. Un punto extraño)

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me debes una

—Venga, me voy. Ya me cuentas mañana.
Al salir de la sala se chocó con Marina, que venía, como siempre, cargada de papeles.
—¡Qué bien que os pillo! Necesito firmas en estos partes y luego que me paséis…
—A Laura —la cortó Julián—. Lo que tengas que hablar hazlo con Laura, que yo me voy ya. Hasta mañana chicas.
Se marchó rápido, articulando un discreto “lo siento, ¡te debo una!” mientras cerraba la puerta al salir. Cuando por fin despaché a Marina y me pude poner con el informe de Padilla estaba agotada. Me escocían horrores los ojos. Lo que me apetecía era llegar a casa y darme una buena ducha. Incluso me daría tiempo a bajar a correr si se me daba bien el metro, pensé mirando la hora.
En esas estaba, ojeando distraída el informe mientras pensaba qué me prepararía de cena, cuando vi qué era lo que le había llamado la atención a Padilla. Me quedé de piedra. El reloj de la pantalla marcaba casi las once. Era tarde para llamar, pero me arriesgué.

(Susana Vegas. Me debes una)

se nos va de las manos

[Laura y Julián. Dependencias de la Policía Nacional]

—Julián, ¿vienes un momento? Quiero enseñarte algo.
Se acerca a mi mesa, ceñudo, arrastrando su silla y el mal humor que le acompaña estos días.
—Corrígeme si me equivoco —empiezo despacio, procurando no enfadarle— pero el hermano nos habló de las pinturas, del efecto que producían en Emilia determinados cuadros. ¿Y si van por ahí los tiros?
—No me jodas, Laura —me suelta, molesto—. ¿Ahora empezamos con brujería? ¿Qué sugieres?, ¿una güija para el próximo interrogatorio?
—A ver, tranquilo —le digo mientras tomo aire, intentando poner orden en el cóctel de ideas que se mezclan en mi cabeza—. ¿No levitaba Santa Teresa puesta hasta las orejas de no sé qué? No me mires con esa cara, se sabe que fue así.
—Si tú lo dices… —me concede indiferente.
—Lo que digo yo es: ¿y no podría nuestra muerta haber sentido los mismos trances que Santa Teresa por las mismas causas?
Levanta la cabeza, atento, y por primera vez desde el incidente me mira directo a los ojos. Veo, por fin, movimiento en ellos. Parece que la tormenta amainará.
—¿Cuadros con pintura adulterada? ¿Me estás hablando de un nuevo método de introducir droga en Madrid?
—Puede, no estoy segura…
—Hombre, como idea puedo llegar a comprártela —admite, conciliador—. Pero veo problemas técnicos difíciles de resolver. Tráfico de drogas a gran escala, con unos laboratorios que procesan la droga para incorporarla a la pintura y luego otros capaces de invertir el tratamiento. Por no hablar de los pintores necesarios para realizar los cuadros. Y no malos pintores. ¿Has visto la calidad? Estamos hablando de cuadros expuestos en las mejores galerías, competencia a nivel mundial. Por nuestro bien, Laurita, espero que no sea algo así, se nos va de las manos.

(Susana Vegas. Se nos va de las manos)

volver a enterrarla

[Laura y Julián. Depósito de cadáveres]

—Espérame dentro, Laura. Aparco y me reúno con vosotros en la cafetería. A ver si puedes ir sacándole algo de información a Ruiz.
—De acuerdo, pero no tardes. Quiero salir cuanto antes de aquí. No me siento cómoda rodeada de tanto muerto.
—Pero mira que eres bruta…

Cierro la puerta del coche mientras Julián murmura más lindezas sobre mí. Me da igual. Llevo ya años en el Cuerpo y aún me intranquilizan las visitas al depósito que hacemos regularmente. En parte tiene que ver, como le he dicho a Julián, con sentir a tanto muerto alrededor. Pero sólo en parte. Lo que él no sabe es que yo también entro con mis muertos a cuestas. Que cada vez que saludamos a Manuel, el encargado de registrar los cuerpos según llegan, una parte de mi pasado asoma sus orejas, y me cuesta horrores volver a enterrarla.

(Susana Vegas. Volver a enterrarla)

una colección de libros

[Feria del libro, a la mañana siguiente (cont.)]

—¿Esto te refresca la memoria, viejo? —le pregunté, agitando un billete de 50 delante de sus narices.

Notaba detrás de mi a Julián anotando mentalmente 50 euros de daños colaterales. Siempre tan escrupuloso con los informes.

—Bueno, para ir empezando me vale, jefa —dijo guardando el billete en uno de los muchos bolsillos que parecía tener la sucia gabardina que llevaba—. A ver… el libro de la flor… Sí, me acuerdo. Fue hace cosa de un mes, en una de esas subastas en las que destripan casas viejas. Ya sabe, jefe, el antiguo propietario se desentiende de todo y el nuevo no quiere perder un minuto en deshacerse de todos esos trastos. ¡Pues se equivocan, les digo a ustedes! —bramó de repente el viejo, exaltado—. No saben la de cosas que se encuentran en los trasteros de una casa antigua, cerrada desde ni se sabe. ¡Auténticas joyas!, ¡háganme caso! Pero claro, para eso hay que saber mirar —apuntó, hinchándose como un pavo—. Yo lo vi claro. Una colección de libros tan bien encuadernada… Me dije, “Rafael, de aquí saca algo hasta un niño de teta”.

—¿Cómo dice? —le interrumpí, inquieta—. ¿Ha dicho usted una colección de libros?

Se me debió de notar mucho el interés, porque vi claramente en sus ojos el signo del dólar. Podía oír los engranajes de su cabeza evaluando la manera de sablearnos, haciendo sus cálculos para sacarnos los cuartos.

—Uff, mi memoria… Si es que uno ya no es lo que era… —dijo zalamero.

Eso se tradujo en 50 euros más de daños colaterales. Padilla iba a ponernos finos, pero decidimos darle un poco más de carrete, a ver dónde nos llevaba el pájaro. Siempre hay tiempo para tirar de placa y confiscarle sus “tesoros”.

—Da gusto hacer negocios con ustedes —sonrió, enseñándonos una boca con más huecos que dientes—. Pues miren, me empiezo a acordar de algo. Y creo que les va a gustar.

(Susana Vegas. Una colección de libros)

o te haces o te comen

[Feria del libro, a la mañana siguiente]

—Mire Rafael, estos son los maderos de los que le hablé —dijo don Cosme, señalándonos.

Un viejo achacoso cargado con un saco de lona salió de dentro de la tienda, arrastrando unas zapatillas todavía más raídas que su barba.

—Están muy interesados en el librito pequeño de la flor roja —prosiguió don Cosme, recalcando el “muy” con uno de sus guiños—. Ese que me vendiste junto con las aventuras de Tintín en francés… y por cierto —dijo elevando el tono, enfadado—. A ti te quería ver yo. Que no me vendiste la colección completa, viejo tonto. Que me has despistado dos tomos. Ya me estás devolviendo el dinero o…

—Señores —tuve que interrumpir, aunque el tal Rafael no parecía nada intimidado por don Cosme, por mucho que le sacara una cabeza y casi dos cuerpos—. Luego siguen con sus ajustes. Estamos aquí por el libro. ¿Qué nos puede decir de él, Rafael? ¿Dónde lo consiguió? ¿Y cuando?

—No sé, Jefa. Ponerme a recordar así, sin más. Es difícil… —dijo poniendo cara de mucha concentración, mientras observaba de reojo si metía mano a mi cartera.

El muy granuja… Está claro que, a la calle, o te haces o te comen.

(Susana Vegas. O te haces o te comen)

figuritas de plomo a medio pintar

[Feria del libro]

—¿De dónde habéis sacado este libro? —preguntó brusco Julián.

Don Cosme y su hijo nos miraron intrigados. Deben de pensar que en la policía estamos todos medio tarados, primero preguntamos insistentemente por la tal Emilia, y luego nos volvemos locos por un libro pequeño y ajado. Quizá no les falte razón…

—¿Ese libro? —dijo Don Cosme, rehaciéndose del inesperado cambio de tercio—. Se lo compramos a un ropavejero que pasa por aquí todos los jueves. Don Rafael, le llamamos, pero no creo que en su DNI, si es que lo tiene, aparezca ese nombre. Tiene colecciones de lo más raras. Ese libro me gustó por la portada. Ya no se hacen portadas así… el tacto de la piel, la flor sobreimpresa… Es curioso el color de la flor. No sé qué tintura habrán empleado para fijar ese rojo tan brillante al cuero… —nos explicó, pensativo—. Me llamó la atención. Por eso se lo compré.

—¿Pero qué pasa? ¿Estáis interesados en más? —intervino el hijo, mirándonos con ojos de hurón, codiciosos, evaluando cuánto podría sacar de nosotros—. Si queréis, mañana os pasáis por aquí y fisgoneáis en su saco. Anda que no tiene cosas curiosas el tipo. Muñecas antiguas, de esas de cuerpo blandengue pero de cabeza de porcelana. A mi me dan escalofríos pero gustan mucho a las viejas —dijo señalando una estantería alta, atiborrada de juguetes de antes de la guerra—. También tiene buenas colecciones de aviones de hojalata, de figuritas de plomo a medio pintar… y algunas están verdaderamente bien —apuntó, guiñándome un ojo.

No quiero ni pensar a qué tipo de figuritas se referirá. No me cae bien este tipo. Julián me mira y aprovecho para meter baza.

(Susana Vegas. Figuritas de plomo a medio pintar)